Acerca de la pandemia en un mundo sin Dios

Actualizado: abr 21

Al momento en el que escribo esto, el mundo ha registrado 2.3 millones de personas contagiadas por coronavirus y más de 159 mil fallecidos. Para cuando usted me lea, estimado visitante, estas cifras serán obsoletas.

En solo unas semanas, el epicentro de la epidemia se ha mudado de China, transitando por Europa y se ha instalado momentáneamente en Estados Unidos; proyectando una sombra amenazante sobre la región latinoamericana.

La epidemia de coronavirus ha impactado todos los ámbitos de actuación humana, entre ellos el religioso.

En la mayoría de los casos, las estructuras eclesiásticas han aceptado –con cierta resistencia– el dictamen médico y científico de distanciamiento social. Los templos han cerrado sus puertas y han invitado a los sacerdotes y a los feligreses al resguardo intramuros, para evitar el contagio de una enfermedad transmisible, en altos porcentajes, entre hombres y adultos mayores: cualidades cuasi-características de los cuadros sacerdotales.

En medio de esta crisis sanitaria, algunos intelectuales han afirmado que “El virus es la contingencia misma del mundo sin Dios” y que, de hecho, la religión será uno de los campos más afectados cuando “todo esto acabe”; a diferencia de la ciencia que se posicionará como una de las principales fuentes de sentido del mundo de vida, respaldada por sus profetas: los científicos.

Otros reportes, sin embargo, han observado que las religiones encuentran terreno fértil durante los días de cuarentena principalmente en dos aspectos. Por un lado, la reivindicación de la narrativa escatológica para convocar a viejos y a nuevos fieles: “nosotros lo anunciamos, son los últimos días y la venida del Señor está cerca”. Y, por otro, la simbiosis circunstancial entre el poder político y el espiritual, cuando los gobernantes requieren el carisma religioso para enfrentar los efectos de la enfermedad a través de días nacionales de oración y de ayuno.

Desde mi punto de vista, todavía es precipitado imprimir las esquelas de la divinidad, así como profetizar llanamente su resurgimiento post pandemia.

Lo que sí es observable es que los dioses (y sus cuadros burocráticos) también han aprendido a realizar home office en distintas grados de adaptación; aunque este proceso no es nada nuevo, en especial para los usuarios de Internet, quienes ya han comenzado a gestionar sus bienes de salvación en línea con la prescindencia de un sacerdote, un Papa o cualquier autoridad religiosa.

Por otra parte, las iglesias y sus jerarquías aprovechan lógicamente los espacios abiertos por el poder político, colaborando en la sacralización de sus estrategias, sobre todo en momentos en los cuales se presagia una crisis social de mayores dimensiones y se cuestiona continuamente a los gobernantes. Esta sinergia, sin embargo, no es exclusiva de los países del Sur-global o de sectores de poblaciones relegadas a la periferia, como han insinuado algunos medios de comunicación bajo un discurso neocolonialista que tiende a observar la paja de la superstición en el ojo ajeno y no en el propio.

Respecto al argumento de que el conocimiento científico emergerá como la principal deidad después de la epidemia a la que nos enfrentamos. Esta demás decir que tal expectativa ha sido refutada desde hace varias décadas por la crítica a la secularización como paradigma de la modernización. La religión de hecho tiene una importante grado de actuación en las discusiones científicas actuales como programa ético y moral frente a preguntas difíciles de resolver como: ¿qué poblaciones deben ser primero atendidas por el sistema de salud en un momento crítico? O, ¿cómo tratar los cuerpos de los fallecidos en una emergencia de tales magnitudes?

Más allá de la ciencia y la religión, si hay un dios omnipresente, omnisciente y actualizable en esta contingencia, este es el proceso comunicativo en Internet y sus redes de interconexión global. Detrás de esta máscara identifico muchas de las esperanzas de certidumbre y de resarcimiento interior.

A principios del siglo XVII, Rubens pintó “Los milagros de San Francisco Javier”. De acuerdo con Veka Duncan, en la obra “se ve al santo curando a los enfermos de peste y apuntando al cielo, señalando que la cura viene de la fe” (@VekaDunkan).

San Francisco Javier ocupa la centralidad de la escena; erguido sobre una plataforma, con la mano izquierda señala hacia el resplandor dantesco que irrumpe en el cielo. Un conjunto de ángeles soportando una cruz anuncian la incursión divina en el escenario mundano. Sin embargo, los personajes profanos yacen inmutables; otros dolores y otras angustias aquejan sus visiones. Sobre la tierra, una madre desconsolada sostiene a su hijo con piel gris debido a la falta de signos vitales; un ciego avanza con las manos extendidas hacia el encuentro de algún cuerpo o alguna posible ayuda; mientras que en el piso, un hombre azotado por la peste utiliza sus últimas energías para mirar el gesto redentor del santo.

Si el cuadro de Rubens tuviera los elementos del imaginario contemporáneo. El lugar de la epifanía religiosa de los ángeles estaría ocupado por una computadora o un celular inteligente y a su alrededor la terrible irradiación de la información, a veces certificada y a veces falsa, emanando sobre los enfermos.


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