Dar para recibir ashé

Actualizado: ene 13

La relación humanizada con el mundo invisible


Para los santeros, la vida no sería posible sin la ayuda de los espíritus y de estos agentes divinos, suprahumanos, u orisha llamados de común santos. Los acontecimientos más trágicos y también los más afortunados en la vida tienen a menudo alguna explicación vinculada a este mundo invisible.


En la santería, cada individuo es considerado hijo de un determinado orisha, asignado luego de los rituales de adivinación correspondientes, y después, asentado (o coronado) simbólicamente en la cabeza del iniciado en donde tendrá su “morada”. A partir de esta iniciación, el orisha revelado “regirá” a su iniciado (olorisha), e idealmente se convertirá en un aliado personalizado, poderoso confidente y protector. En Cuba y México, a este orisha tutelar o “coronado” se le llama también ángel de la guarda (o guardia), evocando la referencia a un catolicismo por siglos dominante, pero sobre todo al papel de protector de esta figura, salvo que los orisha son entidades con las que sus devotos, a diferencia del ángel de la guarda o los santos católicos, sí se pueden comunicar y obtener respuestas concretas por medio de la adivinación, la mediumnidad, la posesión y otros medios como son los sueños o visiones.



Mexicana iniciada, hija de Yemayá, en traje de gala. La Habana, Cuba, 2013. Foto: Nahayeilli Juárez Huet

Cuando una persona recibe los fundamentos y “secretos” que corresponden a las distintas ceremonias de iniciación se dice que “adquiere fuerza, estará protegido, tendrá salud, bienestar, suerte, tranquilidad, y todas las cosas buenas de la vida”. En las malas, cuando no se comprende cabalmente el infortunio, la pena o la tragedia, los orisha podrá ser una importante fuente de templanza y consuelo para abrirle camino a su devoto. Pero también, se les toma como los autores de situaciones difíciles, como una forma de poner pruebas a sus hijos o de manifestar su descontento. A veces uno se encuentra con que los devotos los llevan de paseo, o de viaje, portando para ello la representación material del orisha en cuestión, como una especie de soporte material de su fe. Estas deidades, sin embargo, lo mismo pueden ser objeto de castigo, cuando no “cumplen” lo que su iniciado espera de ellos y en casos extremos, ser materialmente “desechados”. Se trata pues de un vínculo que se humaniza, estableciéndose una relación de interdependencia muy personal y única, al grado de identificar la propia personalidad del iniciado con el arquetipo del orisha “asentado” o tutelar. Así podemos escuchar por ejemplo que los hijos de Yemayá (la orisha dueña del mar) son voluntariosos y de carácter cambiante; o que las hijas de Ochún son sensuales y que a los hijos de Changó les gusta la fiesta y son impulsivos. La relación del devoto con los orisha es también una relación más horizontal, que no requiere necesariamente de un intermediario, lo cual se esgrime como una de las razones más comunes entre las personas para adentrarse en esta religión.


Toque de tambor: la fiesta como reciprocidad


Los devotos negocian, apaciguan y propician los poderes de estos agentes a través de diversos rituales, lo cual implica siempre una necesidad de reciprocar. Una manera muy popular es el “toque de tambor” (wemilere) o simplemente “tambor” como comúnmente se le refiere, siendo de hecho una de las ceremonias más populares en la santería. A esta fiesta a menudo se convoca cuando uno cumple años de haberse iniciado, o bien, si así está estipulado en la lista de los deberes dispuestos por el orisha titular; o como señal de agradecimiento, como la manda adquirida por haber ayudado al “hijo” en cuestión a conseguir o lograr algún objetivo, a paliar alguno de sus males, a salvarlo de morir…

A los toques de tambor se invitan amigos, familiares y correligionarios, con un ambiente muy lejos de ser solemne. La celebración se realiza generalmente en las residencias particulares de los que convocan, a menudo en donde también disponen su templo-casa, pues esta religión carece de organizaciones eclesiales o una sola figura alrededor de la cual se aglutinen todos sus creyentes. En Cuba, los toques de tambor son normalmente abiertos al público. En México, esta situación cambia por razones de seguridad, especialmente en los últimos años que el crimen organizado y la violencia han ido en escalada, y porque la religión no goza aún de un prestigio social y familiaridad amplia como para dejar la puerta abierta a los extraños. A pesar de que en México se ha pasado relativamente de un lenguaje de sectas a uno de diversidad religiosa y lejos todavía del pluralismo religioso, en la percepción común, muchos de los fantasmas construidos desde hace ya algunos siglos hacia las religiones “afro” como algo oscuro, salvaje, demoniaco y primitivo, perviven, y con ello se acentúa su estigmatización. Nunca ha faltado entre mis conocidos quien me llame por teléfono para hacerme alguna consulta sobre si “esto es brujería”; o si no es “peligroso” que vayan con alguna santera o santero; o que si es una secta, que tienen miedo porque un familiar “anda en eso”. Paradójicamente la gente se sigue acercando a la santería y a sus especialistas aunque muchas veces lo hagan “en secreto” o con dudas, haciendo manifiesta la ambigüedad entre atracción y repulsión.



Toque de Tambor, Mérida, Yucatán, 2014. Foto: Nahayeilli Juárez Huet

El toque de tambor es una ceremonia difícil de ocultar porque asisten decenas de personas que cantan y bailan a ritmo de los tambores batá (trío de tambores sagrados) ejecutado por percusionistas especializados y consagrados en el tambor; y el cantante ritual (Apwón). A menudo, el altar y los rituales que acompañan dicha ceremonia se disponen, por todas estas razones, en los patios traseros o al interior de las residencias. Cuando los recursos lo permiten, se rentan espacios más amplios como salones para fiestas que permiten una recepción más amplia y cierta privacidad. En otros momentos esta ceremonia puede ser ofrecida a la orilla del mar (cuando se trata de Yemayá por ejemplo).



En los toques de tambor, se despliegan y fomentan intercambios entre iniciados y deidades, pero también entre los asistentes (no siempre iniciados) y los anfitriones. Los bienes intercambiables no son exclusivamente materiales, sino también simbólicos (prestigio, solidaridad, alianza, afecto, reconocimiento…). Asimismo fortalecen las jerarquías y refuerzan las convenciones de las relaciones de las familias de religión o casas de santo. Éstas se forman por el conjunto de personas unidas por lazos de parentesco ritual establecidos por la iniciación. El padrino o una madrina serán -idealmente- los mentores de sus ahijados y en su calidad de “mayores” los encargados de transmitir a sus menores la tradición ritual de la casa de santo, familia de religión o del linaje religioso al que pertenecen. En México, estos lazos se refuerzan con el parentesco biológico con el que se entrecruza y aunque nunca están libres de conflictos, hacen de estas familias una institución confiable para bregar con los hijos problemáticos o familiares, las enfermedades, las pérdidas, los problemas de justicia, de dinero, de amor, de la vida.


Al pie del llamado trono (altar en honor al orisha festejado) se coloca normalmente una estera y junto, un plato con velas y una canasta en la que se deposita una ofrenda material para el santo. Los invitados, en especial los ahijados, aportan dinero y ofrendas de diversos tipos (cocos, ñames, frutas, flores, velas) que son, de acuerdo con un santero mexicano: “para darle luz al orisha y de la misma forma él iluminará nuestras vidas, nuestro camino y nuestro entendimiento”. En este acto también han “devuelto” parte de lo recibido dentro de su familia de religión, aunque el establecimiento de lo que “se da, se recibe y se devuelve” no está exento de tensiones y fricciones.




Normalmente, en los tronos se coloca al centro el orisha festejado y otros alrededor, junto con los objetos que evocan sus atributos más destacados y elementos representativos: coronas, colas de caballo, abanicos, herramientas, juguetes, animales de mar hechos en cerámica, espejos, entre otros, además de la comida de su preferencia (pasteles, panecillos con miel, pescado seco…) y una copiosa ofrenda de frutas. Es el espacio al que todo invitado a su llegada acude para “saludar” a los orisha, para lo cual se disponen los instrumentos adecuados. Para Changó la deidad del trueno, del fuego, de la guerra, se utiliza una maraca; cuando se le honra a Obatalá, el dueño de las cabezas, se utiliza una campana de metal; a Ochún, orisha de la fertilidad, una campana de cobre; a Yemayá la dueña del mar una sonaja y así a cada orisha.


Altar en honor a Yemayá la orisha que habita el mar. Al pie, Eleguá, el orisha que abre y cierra los caminos. Sisal, Yucatán, 2017. Foto: Luis Torres

Altar en honor a Ogún, la deidad del hierro, de la guerra. Mérida, Yucatan, 2012. Foto: Nahayeilli Juárez Huet

Los tambores que se utilizan en estas ceremonias son los llamados batá, conformados por lo que el antropólogo cubano Fernando Ortiz llamó “un trío orquestal” Cada uno de los tres tiene un tamaño y un nombre distintos. Sólo aquellos hombres que tienen una ceremonia especial pueden participar en el montaje, lavado y “nacimiento” de estos batá. Es decir, que los batá son simbólicamente "paridos" por un batá más viejo. Para percutirlos es necesario como un mínimo requisito una ceremonia en la que “te lavan las manos” lo que da la investidura de Olubatá (que sabe tocar el batá).


Tamboreros y apwón, Mérida, Yucatán, 2013. Foto: Nahayeilli Juárez Huet

El santo baja y te habla


Conforme el tiempo transcurre y el tam-tam del tambor sube y baja los acentos de los golpes sobre el cuero percutido del batá, éstos con sus campanas y los cantos y bailes con los que los acompaña la gente, cimbran las emociones, los cuerpos se sacuden, y a veces aparece entre el público el elegido por el orisha para manifestarse a través de su cuerpo y voz. Esto es lo que se conoce como “montar santo”, para referirse que un orisha “baja” y hace posesión del cuerpo de alguno de sus hijos, es entonces que lo “hace su caballo”, “lo monta”. Aunque se trata de un tema muy controversial, la presencia de un orisha se constata a ojos de muchos, en el dominio del performance corporal y de hablar “en lengua”. A cada orisha le corresponden movimientos y un performance particular que se socializa y transmite dentro de la comunidad religiosa. Aquí el que no “da pruebas” se le descalifica y sanciona con la mirada, con la indiferencia, con la sonrisa burlona que busca dejar en evidencia al que ven como “impostor”, “porque -según explican- el santo da pruebas cuando baja”. El akpwon, es decir, el cantante ritual que dirige los cantos a los orisha y el coro de los presentes, pieza fundamental en los toques de tambor y clave para “ponerle sabor” a esta fiesta, es, a decir de uno de los mismos, el que “sabe si el santo está o no [presente], es un diálogo entre el cantante con el santo montado, se dicen cosas, uno llama al santo”, en otras palabras es quien conoce los cantos que llaman al orisha y provocan que se manifieste y de la prueba de su presencia. Es entonces que a la persona “montada” se le separa un momento para vestirlo con el traje que corresponde al orisha representado. Un(a) “buen(a) montador(a)” debe demostrarlo no sólo por medio de los gestos corporales que corresponden al orisha que monta, sino sobre todo y principalmente, a través de sus consejos, de lo que habla. Si el santo monta, tendrá ashé y por tanto el mensaje que transmite “es o será certero”. Este acontecimiento es, según uno de los devotos “el punto de éxtasis en nuestra religión, porque el santo baja y te habla”. No tienes que ser santero para recibir el mensaje de estas deidades, un abrazo, una “limpia” simbólica… en varias ocasiones yo misma recibí sus bendiciones, sus consejos y también sus advertencias para estar alerta. Y como muchos ajenos a esta religión no me pude resistir a bailar, a seguir el coro y gozar de la música. A los tímidos les insisten un poco más para que muevan el cuerpo, pues bailar es también una forma de purificarse, de limpiarse, de dar para recibir.


En el tambor, como en la mayor parte de los rituales santeros, se da y se recibe ashé (aché), la fuerza oculta que ocupa al universo, el poder que emana de Olodumare (el dios creador), transferido a los orisha y sus devotos para hacer que las cosas sucedan. Antes de partir, los asistentes pasamos al trono para llevarnos frutas, dulces o pastel de la ofrenda, que difícilmente puedes rechazar, pues el anfitrión siempre te recuerda que a través de estos alimentos uno recibe también ashé.



Bibliografía

F. Ortiz, 1995, Los instrumentos de la música afrocubana. Los tambores batá, La Habana, Letras Cubanas,

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