En el principio, se eligió un tema de estudio

Actualizado: ene 14

Una colega y amiga me ha invitado a escribir algunas recomendaciones y reflexiones enfocadas en el acompañamiento de alumnos que recién comienzan a hacer investigación y están en proceso de elección de un tema de estudio. Además de ser un ejercicio interesante y a reserva de eventualmente compartir dicho texto, en esos sueños lúcidos característicos de los deadlines me puse a pensar cómo fueron o son estos procesos en aquellos que decidimos dedicar nuestros esfuerzos académicos al estudio de algún fenómeno religioso.


En nuestras tesis o en otros productos siempre se nos pide explicar cuál es la parte de realidad que nos ha interesado investigar y qué buscamos ahí. Hacemos proyectos, planteamos objetivos y muy puntuales protocolos para hacer saber nuestras intenciones, nuestra mirada y hacia dónde queremos o quisimos ir con nuestros estudios. Pero sospecho que pocas veces colocamos el detrás de cámaras de esas elecciones.


Alguna vez estando en un seminario con investigadores que hasta ese momento sólo conocía y admiraba por sus textos, escuché de uno de ellos que el estudio del que daba cuenta en ese momento había comenzado por la total incomprensión de las prácticas, pero no por su desconocimiento, sino por el enfado. Aquello me sorprendió y desconcertó también a varios de los asistentes. Personalmente recordé cuando uno de mis profesores en la licenciatura comentó que elegir un tema implicaba compromiso y querer estar ahí, “es casi como una relación amorosa”, dijo. Entonces, el comentario anecdótico de aquel investigador me dio mucho para pensar. Una de esas cosas fue que no sólo el gusto o la curiosidad nos lleva a elegir un tema o un espacio de investigación, también hay otros elementos, incluso de carácter emocional, que inciden en estas decisiones.


El altar de Vio donde "el hombre sano es feliz". San Bartolo, Estado de México. Foto: Rosario Ramírez

Por otro lado, cuando estaba cursando los últimos trimestres del doctorado, un investigador ofreció un seminario que se planteó como laboratorio de tesis. Durante el seminario se nos pidió escribir algunos textos breves que tenían que ver con nuestras investigaciones, pero más con cómo nos colocamos frente a ellas. Esos ejercicios fueron muy emocionales, muy reveladores y sumamente útiles -por lo menos en mi caso-. El que más recuerdo fue uno donde se nos pedía escribir, en modo emocional y anecdótico, cuáles fueron las intenciones de nuestras tesis pasadas y la que estábamos realizando. No un asunto teórico, no un discurso elaborado, sino qué nos “movió” o qué nos motivó a llegar a un espacio social para construirlo como objeto de estudio y entrar ahí con los lentes antropológicos puestos. En ese escrito me di cuenta que mucho de lo que motivaba los temas que había elegido tenían que ver con mi propia historia de vida, mi historia familiar e incluso con las personas de mi círculo social inmediato.


Emprendí una investigación muy modesta acerca de las prácticas alternativas de sanación recomendadas o llevadas a cabo por médicos alópatas. Cuestioné y aprendí de los colegas de mi madre y supe que el componente espiritual era uno de los ejes que estaba cambiando no sólo las formas de creer, sino las formas de atención y búsqueda de la salud. Después me fui más atrás en mi propia historia y analicé a un grupo de jóvenes universitarios con socialización católica que se separaron de esta religión y comenzaron a ensamblar su propia espiritualidad a partir de búsquedas direccionadas hacia prácticas y nociones de lo sagrado dentro del marco de las espiritualidades new age. Después de una pausa y de muchas experiencias tanto en campo como en mi propia casa, decidí analizar los círculos de espiritualidad femenina buscando entender sus orígenes, sus alcances, implicaciones y las experiencias que marcan un antes y un después en la historia de vida, en la historia corporal y en la trayectoria espiritual de quienes convocan o asisten a ellos.


Escribir aquel texto me costó algunos enojos, varias lágrimas y también alegrías. Me di cuenta que, si bien estoy muy lejos de considerarme una persona religiosa o espiritual, había en cada trabajo un poquito de mi, pero también un cierto afán reivindicativo. Porque fuera de la academia, escuché a muchas personas asombrarse y celebrar que habían recuperado la salud o que habían mejorado su calidad de vida gracias a una terapia alternativa -cosa que en otros espacios se veía como algo criticable por “no ser científico”-. Porque desde la mirada de una parte de la familia y en los círculos sociales extensos, esos jóvenes que ya no iban a la iglesia se estaban condenando, mientras ellos o ellas, en realidad, estaban encontrando, de otros modos y en otros lados, formas de pertenecer, de creer, y de ser mejores personas. Porque las mujeres que le cantan a la luna y se reunen porque sí para celebrar y no para competir, existen, y desde su lugar -que no desde su trinchera- están intentando, buscando, sanando y compartiendo otras maneras de ser y estar en el mundo, para ellas, para sus descendientes y para las mujeres que las rodean.


Sí, quizá esta entrada pase de personal, anecdótica o romántica, pero sí creo que comenzar, elegir y hacer un buen trabajo de investigación requiere de mucha lectura, de mucho buscar, de aprender a mirar más allá de un texto y de las creencias propias, de mucho escuchar y comprender con interés genuino el mundo del otro; pero también requiere de mucha pasión. No es fortuito que una vacación, un paseo, una visita, una experiencia, de pronto se convierta en el centro de una investigación.


¿Y usted cómo llegó a trabajar un tema relacionado con el fenómeno religioso?

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