Fe y espiritualidad en tiempos de Covid-19

El coronavirus SARS-CoV-2/Covid-19 a pesar de no ser la primera pandemia en la historia de la humanidad, por su novedad y emergencia vino a sacudir un mundo que pone en evidencia su “achicamiento” (Harvey 1989) y sus burdas desigualdades; a intensificar la experiencia de una vulnerabilidad simultánea que nos causa pánico, que nos amenaza, que ha suspendido una normalidad a la que muchos no queremos volver. Como lo resume Cristina Rivera, esta pandemia inauguró el tiempo inédito de la des-aceleración que nos paró en seco y que nos ha obligado a reorganizar la vida cotidiana y la agenda laboral, familiar, económica y social. La enfermedad que provoca este virus no es sin embargo el único peligro que entraña. Sus efectos colaterales son probablemente igual o más intensos. Su rápida propagación ha aumentado las tensiones y los debates en la mayor parte los gobiernos del mundo y en diversos ámbitos y sectores de la sociedad en torno a las estrategias empleadas para combatirlo, si han sido las adecuadas, si éstas han sido oportunas o si están basadas o no en fundamentos plausibles; si es más importante salvar la vida o la economía; o ante la inminente muerte y escasez de insumos médicos, a quién se deberá salvar primero.


El bombardeo de los medios de comunicación replica por todo el mundo imágenes del desbordamiento de hospitales y morgues en los países con los mejores sistemas de salud del mundo; ancianos Italianos próximos a la muerte despidiéndose de sus familiares desde un Ipad; la fosa común de Nueva York cavada para miles de fallecidos –una parte importante de ellos migrantes hispanos- que en esta emergencia sanitaria nadie reclamó; incineraciones callejeras en Ecuador; irrupciones violentas y dramáticas en hospitales de México ante la desesperación incontrolada de personas que no pueden comunicarse con sus familiares internados y que no han dimensionado la gravedad del Covid; personal médico de muchos países pidiendo que nos quedemos en casa porque el escenario hospitalario es hoy, un campo de batalla que se anuncia lleno de peligro y muerte. Todo lo anterior viene acompañado de debates científicos, artículos de opinión; disputas entre políticos, científicos, empresarios, líderes religiosos, además de miles de fakenews que colocan al coronavirus como protagonista de todos los escenarios, desbancando –por el momento- otros tópicos y movimientos sociales centrales.


El antropólogo brasileño, Rodrigo Toniol, nos recuerda que hasta los siglos XVII y XVIII, los agentes biológicos letales se llamaban plagas y la interpretación de las mismas era materia legítima de la Iglesia. El modelo explicativo cambió con el surgimiento del Estado y los avances de la ciencia, posicionándolos “como principios organizadores de la vida social”, fue entonces cuando las “’plagas’  llegaron a entenderse como ‘pandemias.’” Hoy, la ciencia se posiciona de manera indiscutible como un fundamento ineludible sobre el que se basan las decisiones que nos han puesto en auto resguardo domiciliario a una de cada tres personas en el mundo. Pero las tensiones y disputas en torno a la interpretación de la realidad, en este caso de la pandemia del coronavirus, no desaparecen y cobran vigor de variadas formas y desde distintos campos. Las hipótesis sobre el SARS-CoV-2 varias de ellas conspiracionistas (asumen que un grupo que opera en secreto busca destruir un blanco, en este caso a la humanidad) van desde que fue creado de manera artificial en un laboratorio; que fue una invención para ejercer un estricto control social y fortalecer el Estado de excepción; que es un arma biológica en medio de una nueva tercera guerra mundial; una estrategia para reconfigurar un nuevo orden mundial; hasta asegurar que las élites globales emplearon al 5G para propagarlo.


En este desfile de ideas figuran también las perspectivas de Iglesias, comunidades religiosas y líderes espirituales de diversos credos que son parte activa de este complejo escenario. Por ejemplo, en lo que se refiere al gran rival del catolicismo en América Latina, es decir el mundo evangélico, a decir de la investigadora brasileña Jacqueline Moraes Teixeira, “Desde el cambio de milenio, los discursos sobre el apocalipsis en el vocabulario evangélico andaban desaparecidos” pero recientemente el Covid se colocó como “una señal del apocalipsis”, en el que las muertes en masa son inevitables. En varios países como Brasil, Costa Rica, y México entre otros, algunas de las Iglesias del universo evangélico opusieron bastante resistencia a suspender los servicios en sus templos, a pesar de que el uso de medios de comunicación para la transmisión de sus ceremonias no es ajeno a sus prácticas.   Ronaldo de Almeida y Clayton Guerreiro, antropólogos brasileños, sugieren que esta resistencia al menos en Brasil, reforzada por el polémico apoyo del presidente Bolsonaro hacia estas Iglesias, denota la centralidad de los templos en la praxis religiosa y los intereses económicos vinculados a los diezmos.


Por su parte, algunos líderes católicos han hecho referencia a la pandemia como un “signo de los tiempos”, tal como lo ejemplificó en México el Obispo de Cuernavaca, Morelos, que en su homilía del 22 de marzo del año en curso señaló la necesidad de “dejarnos interpelar con los acontecimientos y leerlos” pues para él se trata de un momento en el que Dios le quiere decir a la humanidad que no juegue a ser Dios, trayendo a colación temas muy polémicos que en otros espacios son considerados de hecho una victoria en materia de Derechos Humanos, tales como el aborto y la eutanasia, o la autonomía de género, a la que se refirió después como ideología de género.


En general, a pesar de las tensiones, resistencias y polémicas, gran parte de las cabezas del mundo religioso parece haber acatado las recomendaciones del confinamiento y la sana distancia como medidas que ayudan a mitigar la pandemia; comenzando con el Papa Francisco que el pasado domingo de pascua impartió la bendición Urbi et orbi (oración al mundo) en una plaza de San Pedro que por primera vez en su historia lució vacía. La mayor parte de las Conferencias Episcopales celebraron en línea (on line) las más importantes liturgias de Semana Santa, e incluso algunos, a pesar de que el flujo de recursos se vio afectado por la falta de limosnas, recurrieron a estrategias un tanto onerosas, como el Vicario de la Diócesis de Querétaro, México, que a bordo de un helicóptero y acompañado del Santísimo y una imagen de la Virgen de Dolores, lanzó el pasado jueves santo una oración para el cese de la pandemia.


Fuente: https://www.am.com.mx/coronavirus/Bendicen-municipios-de-Guanajuato-y-Queretaro-desde-helicoptero-20200409-0023.html

A pesar de la proclamada laicidad (independencia entre esfera política y religiosa) en América Latina, esta pandemia deja en claro la vigencia de la incursión de lo religioso en lo político. Varios mandatarios usaron su investidura para convocar plegarias colectivas como medida de protección complementaria. De esta manera Bolsonaro hizo un llamado al ayuno y a la oración para combatir la pandemia en Brasil mientras que es ampliamente criticado por minimizar sus efectos y expresarse en contra de las medidas de autorresguardo domiciliario. Por su parte Jeanine Áñez, presidenta de Bolivia hizo un llamado público a sus “hermanos bolivianos” para comunicarles “un mensaje de fe porque para Dios nada es imposible y estando con él vamos a vencer esta pandemia…ayunemos y oremos y estaremos a Salvo, que Dios bendiga a Bolivia.



Con el gabinete de salud y economía presidenta de Bolivia pide oración para las familias de su país. 28 de abril 2020, Twitter de Jeanine Áñez.

Lo mismo pasó con el polémico presidente de El Salvador, Nayib Bukele; seguido del presidente de Guatemala y el de Paraguay. En Estados Unidos el mismo Trump en su cuenta de twitter y en medio de la pandemia que azota a su país, declaró al 15 de marzo como el día nacional de la Oración y agregó “Somos un país que a lo largo de la historia ha buscado a Dios por protección y fuerza en tiempos como éste…”. En México, AMLO no se quedó atrás y levantó una ola de críticas cuando el 18 de marzo, apenas unos días antes de que diera a conocer el plan nacional de medidas sanitarias contra la emergencia sanitaria, durante la mañanera respectiva sacó de su cartera y mostró a la audiencia las estampitas y amuletos que la gente le da y que fungen según dijo, como su “escudo protector”, como un “detente”, como “sus guardaespaldas” contra el coronavirus. En este sentido AMLO es figurativo de un amplio sector de la población mexicana que recurre a diversas figuras sagradas en busca de protección y que son representados en una amplia cultura material (estampitas, altares, rosarios, escapularios…) y al margen de los espacios eclesiales (véase el caso de los altares católicos domésticos de México en la Revista Encartes Antropológicos). Es claro que todos estos mandatarios hacen patente que la fe y la espiritualidad han sido a lo largo de historia dos herramientas muy socorridas para navegar en los mares de la incertidumbre, el miedo y la muerte.

Probablemente de lo que más se habla o al menos de lo que más se ve en los medios desde México, es el desplegado de estrategias que las Iglesias y congregaciones tuvieron que instaurar para transmitir sus misas, sermones y liturgias, o de las prácticas de la religiosidad popular más conocidas en México. Poco se ha hablado sin embargo, de la producción de lo sagrado “desde abajo” de aquellos creyentes de otros credos, doctrinas o creencias que sin intermediarios y autoridades religiosas han sabido también echar mano de su creatividad y de la red para mantener sus lazos comunitarios y una sociabilidad que aunque virtual tiene efectos “reales.” Entre éstos podemos ubicar a los creyentes que no tienen una afiliación religiosa o institucional. Una parte de los mismos pertenece al universo de los llamados Sin Religión en el Censo, que como bien señala Carlos Duro en este mismo blog, son el segundo grupo en México “con el crecimiento más destacado en todo lo que va del siglo pasado y los años del presente.” En el último censo (2010) sumaban más de 5 millones de personas y en ENCREER 2016 se confirmó como una categoría que agrupa una población diversificada, en la que los “creyentes a su manera” y los “espirituales pero sin Iglesia” figuran entre los más destacados.

Una de las prácticas que parece ser bastante común entre los espirituales sin afiliación religiosa, proviene de antiguas tradiciones orientales -budistas e hinduista- que se popularizaron en América desde los años 60 del siglo pasado, me refiero a la meditación. Una técnica que grosso modo pone el énfasis en la atención plena, en la respiración, en la concentración, en el bienestar y autoconocimiento y en vivir el momento presente. Las técnicas de meditación disponibles hoy día en México son muy diversas (mindfulness, vipasana, meditación zen, meditación raja yoga, meditación siddha yoga, …) y la red de sus practicantes y sus linajes se extienden más allá de las fronteras nacionales pues son prácticas que viajan globalmente pero que se van adaptando a los contextos “occidentales” y la vida contemporánea de las ciudades. Sus usos trascienden muy a menudo lo espiritual y en los últimos años gozan de una presencia cada vez mayor en el campo secular (médico, empresarial, terapéutico) desatando con ello fuertes controversias sobre su estatuto (véase en Diversa Blog a Nicolas Viotti para el caso argentino).

Es claro que la pandemia ha intensificado la incertidumbre, la ansiedad y el estrés. Ante esto la meditación se posiciona como una herramienta que a decir de sus practicantes permite tomar conciencia de estas emociones, transformarlas y generar con ello un estado de bienestar y salud. En una de las últimas sesiones de meditación a las que asistí vía Zoom, cuando la guía pidió a los participantes que expresaran en una palabra qué les había hecho sentir la sesión en cuestión y la dinámica en la que se buscaba que tomaran conciencia de lo que sentían en ese momento para después transformar dicha emoción, los participantes enunciaron: tranquilidad, gratitud, ánimo, calma, descanso, paz, perdón, aceptación, serenidad y esperanza.

En efecto no todo es negativo en esta pandemia. Para personas como Simone M., una líder espiritual que se asume como mujer medicina y promotora del wellness (bienestar) “lo que hoy vivimos en un regalo… una oportunidad de transformación…para volver a la compasión y al amor, que es lo opuesto al miedo. Iniciamos un proceso de transformación humana. Este virus rompe paradigmas de conciencia y el cambio solo viene con el cambio de conciencia.” Hace apenas unas semanas formó parte de una meditación mundial con cerca de 1500 personas orquestada por una organización espiritual de Japón dedicada a elevar la conciencia planetaria a través de meditaciones colectivas. Cada semana hacen una oración por país y “canalizan la energía hacia donde se necesita”. Con la pandemia Simone está haciendo por vez primera uso del Zoom y del Facebook Live para continuar con sus actividades de guía del bienestar a través de la organización de círculos de conciencia y diversas prácticas de gratitud.



Imagen utilizada por Simone M., para promover el círculo de conciencia en Facebook

Por su parte, Alex A., activista de la cultura de paz y con una espiritualidad cimentada en el Zen, considera que este momento que nos obliga a “quedarte en casa” es también un “vete al interior, a lo profundo del alma…cada quién tiene responsabilidad de revisarse, de ver su vulnerabilidad y sus sombras, y en estas condiciones, aunque no quieras, vas a vivir cosas que te van a llevar a reflexionar, tus sombras van a florecer, es una oportunidad, una esperanza…”. En el marco del colectivo ciudadano de Apoyo a los vulnerables del que forma parte en su ciudad de residencia, convocó a una meditación zen a través de Zoom con el objetivo de “abrazar-nos y cuidar-nos entre nosotros mismos y a todas las personas que nos rodean” de ir hacia el centro de uno mismo. Pero lo más importante desde su visión es que el proceso de mirar hacia adentro “debe estar conectado al bien común” e ir hacia la acción.



Volante virtual de Alex A. para convocar una meditación zen dentro de una red ciudadana de apoyo solidario.


En su grupo privado de Facebook, Fernando F., guía espiritual y sanador mexicano, promueve y practica meditaciones de Osho que buscan activar la energía y fortalecer el sistema inmunológico con la misma red de practicantes que lo acompañaban antes de la pandemia. Martha S., a través de un grupo de WhatsApp con sus amig@s más cercanos promueve el reto de 21 días de meditación con Deepak Chopra para generar abundancia de tiempo, felicidad y de fuerza interior. Chopra es un famoso médico estadounidense de origen hindú y activo promotor de la medicina holística y el poder de la mente en la salud, el bienestar y en la transformación personal. Hace sinergia en línea con otros mediatores famosos, para ayudar a la “comunidad global” a “encontrar en este contexto de turbulencia, esperanza y optimismo”. Con numerosos seguidores en diversos países, incluyendo México, asegura que “Sólo una nueva forma de encontrar la felicidad, que esté basada en los movimientos globales de autocuidado y el bienestar personal y que permita reemplazar el consumismo vacío y las distracciones masivas, podrá tener alguna esperanza de conducir a un futuro mejor” ¿será?


Mientras tanto habrá que estar atentos en conocer hasta qué punto las “tecnologías espirituales” y virtuales seguirán o no alcanzando para lidiar con algunas de las consecuencias más inmediatas de esta pandemia. ¿Serán por ejemplo suficientes para mitigar el sufrimiento y gestionar emocionalmente la ausencia de funerales sin cuerpo presente? ¿Qué pasa con aquellos cuya comunicación con el otro, como dice Rita Segato,

no pasa por la palabra sino por la co- presencia y co-corporalidad; o para aquellos para los que las videollamadas no son una opción?

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