Fe y religión en tiempos de coronavirus

La pandemia de coronavirus ha trastocado todas las dimensiones de la vida social, entre ellas, el fenómeno religioso. Comencemos por el ámbito más inmediato: debido al contagio cara a cara, las reuniones masivas han sido declaradas como actividades de alto riesgo. Por ello, los servicios religiosos, conjuntamente con otras actividades seculares (tomar una copa en un bar, asistir a un estadio deportivo, a un concierto, al cine o a un gimnasio concurrido), han sido puestos en “semáforo rojo” y se han restringido a su mínima expresión.


Una de las primeras imágenes que le dio la vuelta al mundo como símbolo del riesgo inminente de la pandemia fue la plaza desierta de San Pedro mientras el papa Francisco realizaba la bendición “urbi et orbi”, en un viernes lluvioso a finales de marzo del presente año. En palabras del periodista Christoph Strack, pudimos observar como el “viejo” jerarca “le ruega a Dios. Ante él, una imagen de Roma sin gente, un lugar vacío, símbolo de todas las víctimas y las personas infectadas que luchan por sus vidas”.


Como parte de las celebraciones católicas, la Semana Santa fue restringida a una ceremonia simbólica sin la tradicional procesión del Domingo de Ramos y, por supuesto, sin peregrinos. La soledad del pontífice religioso –perdonando los pecados a una muchedumbre imaginaria– fue un relieve que interpeló a creyentes y no creyentes.

El aislamiento social también ha significado un problema financiero para las jerarquías religiosas. Las iglesias han quedado no solamente vacías, sino también al borde de la quiebra al verse desposeídas del ingreso que generaban las transferencias de la feligresía. Un obispo mexicano declaró recientemente: “Se cayó prácticamente toda la limosna”, sin embargo, “Dios proveerá”; mientras tanto, los religiosos han recurrido a la curia episcopal, a donaciones e incluso préstamos con “amigos que tienen los padres como empresarios o benefactores que pueden dar un poquito para intentar aminorar esta caída”, aseguró el clérigo.


Los templos en banca rota alrededor del mundo son una postal que hace unos meses hubiéramos pensado improbable, como lo es ahora imaginar congregaciones de miles de creyentes con distancias interpersonales mínimas. Pensemos en la visita anual a la Meca en Arabia Saudí que otrora podía convocar a más de dos millones de personas, pero que en este año ha reunido solo a unos miles de asistentes para llevar a cabo el hajj: la más importante peregrinación musulmana que cada practicante debe realizar al menos una vez en su vida.


La narrativa de la asistencia a la Meca a finales de julio remarca el control biopolítico sobre los cuerpos. Cada participante se sometió a una prueba de temperatura para después recluirse en una habitación y participar en la ceremonia; además, todos ellos tuvieron que portar un brazalete electrónico para reportar su ubicación y aceptaron guardar cuarentena al regresar a casa. Durante las actividades, cada creyente realizó sus oraciones en los puntos marcados sobre el suelo, respetando la sana distancia y recibiendo supervisión continua de los organizadores.

La cancelación absoluta de los rituales multitudinarios es todavía un escenario inimaginable, sobre todo en las naciones con alta religiosidad. En este aspecto, una pregunta relevante para nuestro contexto es cómo se adaptará la celebración del 12 de diciembre para festejar a la Virgen de Guadalupe en México, considerando que el año pasado reunió a casi 10 millones de guadalupanos aglutinados en el templo de la Basílica. La ceremonia con un público reducido parece ser la respuesta inminente, aunque es importante también cuestionarnos cuáles serán las consecuencias (concretas y simbólicas) de un ritual restringido por las normas de la "sanitización" antes que por las de la santificación.


La ausencia de rituales y de confirmación de la fe religiosa es otra de las secuelas importantes de la pandemia. No solamente en el ámbito de la participación colectiva, sino también en el nivel microsocial. Los funerales son un claro relieve de ceremonias vetadas especialmente en casos de víctimas de Covid-19.


El fallecimiento de un ser querido regularmente está acompañado de un ritual mortuorio vinculado a creencias religiosas o espirituales. En el caso mexicano, es común reunir a la familia y personas cercanas, rezar para la salvación del alma del fallecido, acompañar al cementerio e incluso cooperar económicamente y en especie para llevar a cabo los funerales. Todo esto, que hace unos meses era un fenómeno cotidiano, ha sido limitado como consecuencia de la enfermedad global. Dice un reporte de El País, que las exequias en tiempos de Covid se han reducido a “trámites de pocas horas sin duelo” o bien, quienes pueden, realizan rituales digitales para despedirse emocionalmente de sus difuntos.


Los rituales estabilizan la vida gracias a su repetición, al mismo tiempo que brindan cohesión social. Su ausencia, por lo tanto, puede tener un efecto traumático en la conciencia social y un incremento en la incertidumbre colectiva. El problema surge debido a que, allí donde la incertidumbre de vivir se incrementa, es posible el florecimiento de grupos e ideologías que cubren esos vacíos de certeza a través de cosmologías, en algunos casos, extremistas.


No es de extrañar el aumento inusual de aglomeraciones “espontáneas” de colectivos conspiracionistas cuyo principal motor es construir un correlato infalible sobre la realidad del mundo convulso. A estas manifestaciones se le suman otros inconformes, grupos de derecha e incrédulos con las realidades nacionales de cada país, que pueden suscribir el escepticismo conspirativo para abonar a sus propias causas.


A propósito del efecto que tiene el coronavirus en el fenómeno religioso, las investigadoras Nahayeilli Juárez, Rosario Ramírez y Olga Odgers desarrollaron recientemente la Encuesta exploratoria sobre Coronavirus, bienestar y religiosidad (COBIRE) en México donde resalta, por un lado, que muy pocas personas de la muestra (3093 encuestados vía online) suscriben actividades formalmente religiosas durante la cuarentena, como orar o acceder a misas, sermones, cultos o bendiciones en línea (menos de 10%). De hecho, la principal actividad mentada fue la de respiración o meditación (13%), que tiene poco que ver con una religión organizada. Por otro lado, para casi la totalidad de los entrevistados, el coronavirus representa una enfermedad provocada por un virus y la fuente principal de información son herramientas por internet. Sin embargo, resulta interesante observar que una proporción considerable contempla que el Covid-19 fue creado en un laboratorio (38%) o que es un mecanismo para generar un nuevo orden global (37%). A esto hay que sumar que alrededor de 28% describe que el sentimiento principal durante este periodo es el de incertidumbre.


Para el grupo que colaboró en la encuesta descrita, resulta válido decir que la respuesta a la incertidumbre no se encuentra mayoritariamente en una religión institucional: hasta 41% se describieron en una posición sin religión o espiritual sin afiliación religiosa. ¿Es posible que el desasosiego sea el motor suficiente para el surgimiento de grupos con una cosmovisión basada en la conspiración?


Al momento, resulta claro que hay un avance de un pensamiento basado en la confabulación de fuerzas externas y secretas, lo que nos recuerda la lógica tradicional del mundo mágico controlado por fuerzas extraterrenales. En este sentido, en los tiempos actuales, además de la exigencia de conversión a los mandamientos de la santa salubridad antes que a los religiosos, también es visible que el reencantamiento del mundo tiene una vigencia importante, ya no en la racionalidad de seres fantásticos que dominan el destino de las personas, sino en la versión de corporaciones y grupos de poder que atentan contra la fantasía de la autonomía liberal en todas sus variantes.


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