Gobernar con la Biblia: acerca de los vástagos de la política y la religión

La intimación entre política y religión suele engendrar dos vástagos grotescos: por un lado, la fantasía del gobernante de que su existencia personifica al Enviado (por Dios) para salvaguardar y conducir al pueblo. Y, segundo, la limitada concepción de que el gobierno debe conducirse a través de guías religiosas, incluso por encima o a la par de cualquier autoridad civil o jurídica.

No es necesario revisar en los anales de la historia para encontrar muestras de estas actitudes. Hace apenas unas semanas, Enrique Alfaro, jefe del gobierno estatal en Jalisco, México, compartió en sus redes sociales: "Estaba en Casa Jalisco, en donde la gente me puso para ser gobernador, estaba en el lugar en que siempre soñé estar. Dios había decidido que me tocara estar al frente de esta crisis en mi estado por alguna razón y entendí que no nos iba a dejar solos".

El espejismo del Enviado tiene una lógica perversa: Dios no se equivoca y su decisión es inapelable. Además, cualquier consecuencia de la actuación del gobernante (sea buena, mala o peor) sería parte del plan divino que el dirigente ha confeccionado en su imaginación como parte de su tarea salvífica. Por supuesto, la rendición de cuentas no estaría dirigida al populus, sino al Dios en turno.

Por otra parte, la concepción de que la administración pública debe seguir pautas de corte religioso, llámese también moral o espiritual, ha tenido como consecuencia el seguimiento de estrategias obstinadas para alcanzar la meta redentora. El sexenio del presidente mexicano, Felipe Calderón, entre 2006 y 2012, convocó una performance de tales magnitudes. De acuerdo con el sociólogo Israel Cervantes: el proyecto político calderonista implicó una guerra o, mejor dicho, "una cruzada moral en contra del peligro de contagio de las drogas", llevada a cabo por "el presidente que se asume como un cruzado, pero termina volviéndose un político acorralado de manera dramática por las consecuencias de la guerra (sobre todo, el surgimiento de las víctimas-ciudadanos)". Las terribles repercusiones de una cruzada moral desde un puesto político ya las conocemos con los resultados que se cuentan en miles de víctimas durante el mandato del referido dirigente.

De las experiencias previas se justifica el estado de alerta cuando observamos a presidentes nacionales gobernando con la Biblia en mano. En Bolivia, la mandataria interina Jeanine Áñez, ingresó al recinto de gobierno, después del golpe de Estado contra Evo Morales, arengando en franca confrontación contra los símbolos de los pueblos originarios como la Whipala: "gracias a Dios, la Biblia vuelve a Palacio". En Brasil, el presidente Bolsonaro ha convocado a sendas manifestaciones y ayunos religiosos para combatir la pandemia de Coronavirus, mientras su país expone las tasas más alarmantes de contagios y muertes en la región. Y, por su parte, en EE. UU., Donald Trump presumió la represión de las protestas en la Casa Blanca portando la Biblia en su mano derecha, frente a la iglesia que una noche anterior había sido incendiada por los manifestantes del #BlackLivesMatters.


Presidentes y Biblia. Fuente: Twitter.

El actual presidente mexicano, Andrés Manuel López Obrador, también ha sido señalado por el uso de un discurso moralizante durante su ejercicio de gobierno, al mismo tiempo que ha mostrado cercanía con algunas organizaciones religiosas que otrora se habían mantenido al margen de la participación política. En su reciente decálogo para hacer frente al Covid-19, el mandatario recomendó "un camino de espiritualidad, un ideal, un propósito en la vida. Algo que te fortalezca en lo interno y que te fortalezca en tu autoestima y que te mantenga activo, entusiasmado".

Ya sea que los políticos, en efecto, asimilen cada uno de los discursos religiosos o morales que enarbolan en su ejercicio de gobierno o ya sea que tales actuaciones buscan la legitimación y apoyo de bases asociadas a iglesias o grupos conservadores, lo importante no es la exteriorización de lo religioso en el plano de la política per se. Es también una fantasía jacobina suponer que las dirigencias de la administración pública son una expresión totalmente secularizada y racional con arreglo a fines utilitarios. No se trata, como afirma el sociólogo Peter Berger, de decidir entre religión y secularización, sino de considerar ambas como parte de las expresiones del mundo de vida en el espacio público, siempre y cuando, siguiendo con el sociólogo, el proceder de los actores públicos se lleve a cabo como si en verdad Dios no existiera. Una ilustración representativa es la de un médico que expresa sus oraciones sagradas antes de una cirugía, sin que esto signifique transferir la responsabilidad de su paciente a la entidad divina.

Si el político representa la opción elegida para delegar la responsabilidad de una comunidad o de un país entero, ningún deus ex machina podrá asumir sus culpas y aciertos durante su regencia y posterior a ella. Más allá de sus creencias y fanatismos, es fundamental abogar porque el ejercicio de gobierno se lleve a cabo como si en efecto Dios y sus demonios no existieran. Así también deberán de juzgarse las consecuencias de su mandato.

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