La Iglesia católica y la movilización femenina: crónica de un desencuentro

La protesta y la lucha de las mujeres es un movimiento floreciente y con potencia simbólica y organizativa. Tienen motivos legítimos (por ejemplo, la desigualdad y la violencia estructural y cotidiana); un enemigo declarado (el sistema patriarcal); y un discurso que resuena en la opinión pública y que ha sido “asimilado” por distintos sectores de la sociedad, incluso por aquellos tradicionalmente conservadores.

Durante la movilización del día internacional de la mujer en México –y la convocatoria a un paro nacional el día 9 de marzo (#UnDíaSinNosotras)–, diversos actores y grupos manifestaron su “adhesión” a la manifestación femenina.

La Conferencia del Episcopado Mexicano, aludiendo a la expresión del Papa Francisco “Toda violencia infligida a la mujer es una profanación a Dios, expresó su respaldo a “la libre decisión” de “compañeras religiosas y laicas [...] para sumarse a esta iniciativa como lo crean conveniente”.

Por su parte, la Arquidiócesis Primada de México, secundó la movilización mediante el acto “una cuaresma sin mujeres”, esto es, cubriendo de morado imágenes de santas en parroquias de la Ciudad de México para “sensibilizar a los fieles católicos de la discriminación que sufren las mujeres” en el país.

Ante esto, las reacciones no se hicieron esperar dentro de la misma jerarquía eclesiástica. El Cardenal Juan Sandoval Íñiguez, Arzobispo de la Arquidiócesis de Guadalajara, comunicó a través de sus redes sociales un mensaje en contra del paro de mujeres arguyendo que, en efecto, hay violencia contra ellas, pero “no solamente las mujeres son maltratadas”; además, aseguró que las organizadoras eran “promotoras del aborto”.

En esta misma lógica, el Frente Nacional x la Familia, una agrupación provida asociada a diversos grupos e instituciones conservadoras, participó de la discusión a través de la etiqueta #MujeresXLaPaz, solicitando que “no se use el dolor de la mujer para agendas abortistas que pretenden convertirla de víctima en victimaria de sus hijas e hijos”.

A todo lo anterior se sumó la opinión del sacerdote mexicano Alejandro Solalinde, quien apuntó vía twitter: “nuestra Iglesia es la transmisora del machismo, masculinidad sagrada y exclusión femenina” (@padresolalinde). Según las palabras del religioso católico:

“viene de dos tradiciones muy fuertes, la grecolatina y la judío-cristiana que históricamente se han convertido en la iglesia católica, no es que la iglesia católica se haya propuesto la violencia contra las mujeres, pero ella ha transmitido estos patrones”.

No es insólita la crítica a las instituciones religiosas desde sus entrañas, Teresa Forcades es una ilustración de ello. La religiosa y teóloga feminista ha expresado públicamente su rechazo a las formas de organización patriarcal dentro de la Iglesia católica. En una entrevista de 2011, ante el cuestionamiento “¿Cómo puede pertenecer, siendo feminista, a una entidad totalmente machista que además no ha hecho ni un solo gesto de cambiar esta situación en 2000 años?”, Forcades contestó:

“Porque creo que el machismo no forma parte integral del mensaje cristiano sino que le es contrario. Y porque creo que la institución que conocemos con el nombre de Iglesia Católica puede y debe cambiar.”

Las críticas internas y externas a la institución católica ponen en evidencia algunas condiciones históricas de opresión. Entre ellas: 1) la clausura concreta de las posiciones sacerdotales para las mujeres; 2) la subordinación de la participación femenina a los servicios de la vida monástica, donde se han registrado diversos abusos y violencias como lo expone el documental “Las monjas esclavas” (2019); y, 3) el control ideológico sobre el cuerpo de las mujeres y sobre la soberana decisión para decidir sobre él mismo.

Durante la movilización de mujeres en México, diversas iglesias y santuarios católicos fueron escenario de puertas y vidrios rotos, así como pintas en los muros: “es mi cuerpo”, “aborto legal, gratuito y seguro”, “yo decido”. Lejos quedó la sinergía que los personajes religiosos imaginaban frente al arropamiento de la protesta. Un golpe de realidad que recuerda aquel lema que se repite desde finales del siglo XIX en el sur del continente americano: “ni dios, ni patrón, ni marido”.

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