La revolución de las primaveras.

*Esta nota se empezó a escribir días antes de que entraran en vigor las medidas precautorias por el coronavirus en México. La idea era, en un principio, dar cuenta de experiencias y observaciones en algunas marchas, incluyendo el 8M. Pero hoy, después de 15 días en casa y de momentos incontables de incertidumbre, decido retomar la escritura no sólo para darle forma a las notas sueltas, sino como una muestra de la esperanza en que, después de todo esto, nos volveremos a juntar.*


Tengo algunos años asistiendo a manifestaciones y marchas en las ciudades en las que habito. Si la memoria no me falla, las primeras grandes marchas a las cuales asistí respondían a la indignación por la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa (tema que sigue pendiente y que es una herida abierta en la memoria y en la justicia en el país). Después, ya ubicada en Guadalajara, comencé a asistir a las marchas organizadas por familiares de mujeres y hombres desaparecidos en Jalisco y también en muchas (pero muchas) otras partes del país. Recuerdo en particular la historia de Marco, Salomón y Daniel, estudiantes de cine desaparecidos en marzo de 2018, cuyo caso sacudió a la ciudad, a los estudiantes, y que se sumó a los casos que no alcanzan resolución ni justicia en Jalisco[1].


Al ser reciente, recuerdo bien algunas de las razones por las cuales un día agarré mi mochila y mis tenis para salir a marchar: la indignación, la exigencia colectiva, una muy reciente experiencia de violencia de esa que no se ve pero que marca para siempre la memoria, la emoción y mi estar en el mundo, y también un asalto que cambió mi percepción del espacio público, de la noche, de la inseguridad habitual y de esa que se potencializa al ser mujer en un país como este, en una ciudad como esta.


Cerrando el 8M. colectivo MCMA. Foto: Usi Baro

Desde 2018 percibo un ambiente en movimiento, no sólo porque yo misma me movilicé por otras, por otros y por mi propia vida, seguridad y por una necesidad muy humana de contención en grupo, sino porque el contexto que colectivamente hemos construido nos ha colocado en un sitio donde tenemos la gran oportunidad de cambiar una serie de prácticas que hacíamos como naturales; de poner en la arena pública la discusión sobre derechos humanos, sexuales y otros que se nos han negado -y hablo desde el llamado derecho a decidir con sus respectivo vínculo al derecho al aborto legal, el derecho a morir dignamente, a los matrimonios igualitarios, etc-, de nombrar y visibilizar el acoso, el hostigamiento, las violencias en plural, etc. por supuesto no sin generar álgidas e intensas discusiones tanto en esferas políticas, en las redes sociodigitales, y en la intimidad de las sobremesas familiares.


En una mesa de diálogo realizada en la UAM en el marco del foro “Defender el Estado Laico: Religión y política en la 4T”, un grupo de académicas y colegas, coincidíamos en que el movimiento feminista es uno de los movimientos más incómodos para este sexenio y para sus gobernantes; en esta búsqueda de culpables y de opositores que presenciamos cada mañana -por supuesto antes de que el coronavirus fuera el tema de conversación-, las mujeres organizadas son/somos algo así como la piedra en el zapato, el blanco de varios intentos de partidismo “aliado” y quienes no nos hemos cansado de decir que “lo vamos a tirar”. Pero también el movimiento feminista como bloque, aun con sus muy diferentes colores y posicionamientos, ha representado a un colectivo incómodo para la iglesia (principalmente católica) por ser, entre muchas otras, quienes han cuestionado desde dentro y desde lo secular los mandatos sociales y morales de lo que debe ser una mujer, y quienes han puesto sobre la mesa de los organismos internacionales el tema del género, de la violencia selectiva por razones de género, de los derechos sexuales y reproductivos, etc.



Las últimas marchas convocadas por mujeres en distintas partes del país han llamado la atención por ser manifestaciones reactivas ante la violencia y por la exigencia del acceso a derechos; pero también porque el feminismo ha dejado remitir sólo a colectivos organizados y centralizados. Si algo se pudo observar en la marcha del pasado 8M, es que ha movilizado a diversos sectores que anteriormente no se habían involucrado en esta forma de protesta. Aportando a una visión no centralizada del dato, ciudades como Guadalajara no habían registrado una movilización voluntaria tan numerosa como la ocurrida en el 8M[2] , a excepción, por supuesto, de la marcha por la familia convocada por el FNF en 2016.


Y es aquí donde quiero traer a cuenta dos momentos en los cuales las manifestaciones feministas y las acciones colectivas convocadas por la iglesia tienen puntos (literales) de encuentro[3]:


La violencia, el rosario y Cristo Rey. 25N 2019.


El 25N, Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, familiares de mujeres asesinadas y desaparecidas colocarían un memorial en el parque revolución en el centro de Guadalajara (memorial que, por cierto, fue retirado hace unos días por autores desconocidos asociados presumiblemente al gobierno municipal y estatal). En este caso, la marcha convocada para ese día se realizaría del parque Refugio a la rambla Cataluña, ubicada también en el centro. De manera colectiva, esta marcha tuvo dos momentos de tensión: el inicio, que tuvo como protagonistas a las guardias cristeras y guadalupanas que se congregaron afuera del templo del Refugio con el fin de encarar a los grupos feministas y evitar cualquier profanación o pinta, acompañados de amenazas, rezos y estandartes que mostraban la defensa de las dos vidas y el crimen que implica ser mujer, feminista y abortista; y el final del recorrido, donde las mismas guardias habían convocado a un gran número de fieles para rezar el rosario y custodiar el templo Expiatorio ubicado al lado del punto de llegada de la marcha.


Ambos encuentros fueron inesperados y avivaron un afán confrontativo debido a la construcción de las figuras antagónicas ubicadas a cada lado de la calle: del lado del templo los buenos creyentes, del lado de la plaza las mujeres enviadas por el maligno según los rezos cristeros escuchados esa noche. El colectivo de mujeres ya venía furioso gritando consignas que iban desde el reclamo por los feminicidios recientes (entre ellos el de la historiadora Raquel Padilla), hasta el encubrimiento de profesores acosadores por parte de la Universidad de Guadalajara. Al encontrarse con este nuevo grupo de creyentes la furia mutua no se escondió, el registro sonoro mostraba un canto que combinaba consignas feministas con un muy bien entonado “Viva Cristo Rey y viva la virgen de Guadalupe”. A modo de exorcismo, los creyentes más apasionados levantaban sus rosarios y los dirigían hacia el contingente feminista. Del otro lado, se quemaba un pañuelo azul, se gritaban consignas, chicas topless confundían a los medios ¿dónde estaba la mejor nota? y algunas nos preguntábamos si los rosarios de plástico protegían a esas mujeres de la violencia, seguida por la respuesta de “por ti también saldría a la calle y también estaría dispuesta a quemarlo todo”.


https://youtu.be/Ovdvg_TxRk8




Pañuelos Azules, verdes y morados. El 8M 2020


La organización de la marcha que se llevó a cabo el 8M en Guadalajara convocó a muchísimas más mujeres de las que habría imaginado. La jornada del día comenzaría con una serie de actividades en una plaza en el centro de la ciudad y saldría en punto de las 6 rumbo a la ex glorieta de los Niños Héroes, ahora rebautizada como la Glorieta de los Desaparecidos. Hubo varios sucesos que, llamaron mi atención previa a la marcha. A partir de la escena anterior, muchas nos preguntábamos por qué las mujeres católicas no salían a marchar con las demás cuando la convocatoria trataba de temas de violencia de género. Las críticas por supuesto eran varias ¿ellas no lo viven, no lo expresan, rezar realmente las protege? Fuera de la ironía, en las charlas con varias compañeras y colegas esa pregunta estuvo presente varias veces.


Un segundo elemento fue que en una reunión convocada por un colectivo tapatío en la plaza de armas de GDL como reacción de contención ante la indignación frente al reciente feminicidio de Ingrid Escamilla, un grupo de católicos convocó a resguardar la catedral metropolitana de los posibles ataques que las “señoritas feministas” provocarían con su encuentro. Dichos ataques nunca sucedieron. Las mujeres se reunieron en la plaza de armas, al lado de la catedral metropolitana y, entre otras cosas, generaron un círculo de contención donde compartieron sus historias de abuso y se colocó un pequeño altar (también retirado esa noche) en honor a Ingrid[4]. Los católicos reunidos en la catedral estuvieron ahí, estandartes en mano y pañuelo azul en el cuello, pero a pesar de la cercanía territorial, ambos grupos nunca se tocaron. Las agendas estaban definidas para cada uno. Un tercer elemento, ya en el marco del 8M es que diversos grupos hicieron la invitación para organizar contingentes para asistir a la marcha. En ese momento ya el país contaba con varios feminicidios que habían sacudido la emoción y la indignación, y muchas mujeres tanto en colectivos organizados como a título personal estaban dispuestas a asistir a la marcha y estaban buscando no ir “solas”. Yo elegí ir con el grupo con el que más empatía he generado y me uní a su página y su grupo en Facebook, donde iban compartiendo datos sobre seguridad, puntos de encuentro, etc.


Stickers y pañuelos. Foto: Rosario Ramírez

Dentro de los muchos comentarios que la página recibió, había uno que aparecía constante y que más o menos decía: “¿van a llevar pañuelos verdes? Porque si sí, entonces no quiero ir y que me asocien con esta marcha”. Como todos sabemos, el pañuelo verde es un símbolo que ha representado la búsqueda y el apoyo hacia el aborto legal, tema controversial en el que las iglesias y muchos de sus feligreses se manifiestan en contra. Comentarios como este generaron que tanto las administradoras de las páginas como otras asistentes confirmadas a la marcha comentaran que se trataba de sumar, que daba igual el color de las pañoletas porque esta vez la lucha era por todas y para todas. Obviamente estos comentarios no eran en su mayoría bien recibidos.


El hecho es que en la marcha del 8M esta vez grupos de mujeres que se identifican como católicas sí salieron a las calles, armaron contingentes, eligieron consignas -por supuesto no aquellas que tocaban el tema del aborto, pero sí aquellas que iban en contra del acoso, los feminicidios- y portaron sus pañuelos morados. Parece ser que para aquellas que sí decidieron adoptar la toma del espacio público como espacio de protesta el morado resultaba un color más convocante, más neutral, menos ofensivo que el verde abortista[5]. Esto lo constaté al acompañar al colectivo con el que marcharía mientras hacían circular pañuelos morados por montones antes de la marcha.


La marcha tenía ya una ruta establecida, pasaría por la avenida Juárez/Vallarta hasta la avenida Chapultepec. A unos 500 metros del sitio donde comenzaba, está la Iglesia del Carmen. Ahí se encontraban algunos grupos católicos resguardando el edificio para evitar que las radfem dejaran pintas en sus paredes. Una vez más los rezos y las consignas generaron confrontación entre el grupo de pañuelo azul y los contingentes feministas. Aquí apuntaría la anécdota de una amiga y colega que presenció una discusión entre una rad y uno de los eslabones católicos, pero creo que restaría mucho de emoción a la historia; sirva decir que más atrás, quizá una media hora o más después de este hecho, el piso de la plaza del Carmen tenía ya las marcas que exigían que sacaran sus rosarios de nuestros ovarios y que si el papa fuera mujer, el aborto sería ley. La marcha terminó con la glorieta llena, con un par de sustos y con un estimado de 35 mil mujeres gritando contra la violencia, diciéndole a sus compañeras y a sí mismas que no están solas y que el estado no las cuida, las cuidan sus amigas[6].


Libres, vivas y sin miedo. Foto: Rosario Ramírez

Las últimas manifestaciones feministas, sin duda muestran una forma de politización que no sólo responde al momento social y a la expansión de un movimiento reavivado más allá de los grupos organizados, también son una muestra del hartazgo y de la necesidad de acciones concretas que generen seguridad, certeza de justicia, y protección de la vida y de la integridad de las mujeres. Pero a la par de la presencia cada vez mayor de mujeres exigiendo derechos seguridad y la legítima toma de los espacios públicos, la iglesia también rearticula sus agendas como estrategias reactivas de manera selectiva ante los temas o actos que considera que atentan contra la moral y sus principios. Porque no es que en el caso tapatío la guardia nacional cristera o la guardia guadalupana haya surgido ayer a razón de las marchas por el aborto legal, estos grupos tienen ya una larga data de lucha religiosa ya sea frente a un modo de activismo secular o ante el avance de algún derecho que no embone con lo moralmente anclado en la tradición.


Sin duda este sexenio nos pone un reto no sólo social sino analítico para poder comprender el contexto político y su configuración actual, donde frente a un estado débil y que responde poco o pobremente a los asuntos de género y derechos, los activismos refuerzan y ajustan sus agendas políticas para generar cambios que garanticen una vida digna, la impartición de justicia y un espacio donde dejen de contarse muertas por abortar o por el hecho de ser mujeres.



*Las marchas realizadas en el país dejaron, además de muchas anécdotas, una gran colección de imágenes. Santiago Arau[7] en su cuenta de Instagram compartió unas imágenes tomadas desde un dron donde la marcha feminista adornaba las calles de la CDMX llenándolas de morado. La revolución de las jacarandas, pensé y leí varias veces en las redes. En Guadalajara las jacarandas no llenan el espacio público como lo hacen en CDMX, pero sí lo hacen las Primaveras, un árbol muy similar que llena la ciudad con miles de flores amarillas en los meses de febrero y marzo.

[1] https://www.zonadocs.mx/2019/03/19/a-un-ano-de-la-desaparicion-forzada-de-los-tres-estudiantes-del-caav-instalan-memorial-vivo/ [2] Se estima que la marcha del 8M en Guadalajara convocó a más de 35 mil mujeres, pero ese conteo no incluyó a los diversos contingentes y personas en solitario que decidieron dejar la concentración antes de llegar al punto final de reunión, y aquellas que decidieron no seguir gracias al rumor de que las amenazas vistas en las redes sociales acerca de que habría varones aventando ácido generara pánico entre las miles de asistentes que caminábamos por la avenida Vallarta. Se decía que había un hombre aventando ácido, cuestión que se desmintiera rápidamente no sin generar varios momentos de caos, nerviosismo y correderas. Dicho rumor, ya después de pasado el pánico, ahora es parte de los muchos mitos urbanos tapatíos. Y como dato para recordar, en 2016 se estimó que la marcha por la familia convocó aproximadamente a 37 mil personas. [3] Parte de esta nota se expuso en formato de ponencia en la mesa “Género, Feminismo y Derechos reproductivos” bajo el título “De Glitter y pañuelos: Encuentros y desencuentros en los activismos en torno a la defensa de los derechos” en el Foro Defender el Estado Laico: Religión y política en la 4T en 2 y 3 de marzo de 2020 en la UAM-I. [4] https://www.zonadocs.mx/2020/02/16/el-estado-no-me-cuidan-me-cuidan-mis-amigas-mujeres-y-ninas-se-pronuncian-en-jalisco-en-contra-de-la-violencia-feminicida/?fbclid=IwAR00xVHJ-jLeNt94vivEfEN49abQm_9foo0-RvbUZ3z17MJ9Mv5MgNt5-8o [5] Acá un artículo sobre los pañuelos y su circulación en América Latina: https://encartesantropologicos.mx/felitti-ramirez-panuelos-verdes-aborto-argentina-mexico/?fbclid=IwAR3kAa6qIawqVMaABumGk4rIxw15J8kKaQCMIN1I569YjYDEvmi_KPGae9k [6] Además, para mi este trayecto fue doblemente emocionante, porque marché rodeada de amigas, de mis maestras y de mi familia amorosa y adoptiva. Si leen esto, gracias a cada una. [7] https://www.instagram.com/santiago_arau/

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