Los altares de Doña Ricarda

Actualizado: ene 14

#Altares #Materialidad


Este verano, como parte de un proyecto en el que colaboro, realicé algunas entrevistas que, entre otras cosas, giraron en torno a los altares domésticos y a las llamadas materialidades sagradas. Al volver a casa, acomodar mis propias notas y al escuchar fragmentos de aquellas entrevistas, mi memoria y parte de mi propia experiencia se fueron hacia los altares de Doña Ricarda.


La casa de Doña Ricarda podría definirse como un espacio abierto. No hay día en que la Doña no tenga visita: hijas/os, nietas/os, vecinas/os, hasta vendedores que con el tiempo se hicieron amigos de algún miembro de la familia. En su casa siempre había comida para quien llegara -aquello de “cuántos somos para ver cuánta agua le echo a los frijoles” es una realidad-, previo a las intolerancias a la lactosa siempre hubo un café con leche y pan con mantequilla listo para el almuerzo. El asunto es que al entrar a la casa de la Doña se pueden ir descubriendo varios altares, casi cada habitación cuenta con su respectivo espacio destinado para algún santo o una virgen. Quizá esto pudiera ser la marca de una casa típica -católica y mexicana-, pero lo que quisiera evocar aquí son las historias que Doña Ricarda, su familia y los mismos vecinos han construido en torno a estos espacios de materialidad sagrada.


La otra puerta: el altar. Foto: Joselyn Marín. Toluca, México

Quisiera retomar dos historias que me parecen fascinantes, la primera es la historia de la virgen del sagrado corazón que actualmente tiene su espacio en el patio de la casa. En los ochentas y noventas, esa imagen “habitaba” en el cuarto del fondo. Es una imagen que “te miraba” a decir de todos los que la han visto entonces y ahora. A las nietas mayores les daba miedo entrar a la habitación y verla, resultaba un lienzo aterrador porque era testigo silencioso de las travesuras, pero, además, era una imagen que tenía estigmas en las manos y las respectivas gotas de sangre que emanaban de esas heridas. Les daba miedo. Con el tiempo Doña Ricarda sacó a la virgen de esa habitación y decidió ponerla en el altar de la entrada de la casa. Cabe decir que ese altar era como una puerta alterna a la puerta del zaguán, quien entraba o salía invariablemente se persignaba ahí. Incluso más de uno de los miembros de una familia vecina llegó a pedir permiso para hacer una oración antes de algún viaje, algún examen o alguna cosa importante. Ya lo decía, la casa de la Doña es un espacio abierto donde además de verla a ella, se iban a pedir cosas a Dios.


“Me gusta que estén ahí afuera (sus imágenes, vírgenes, Cristos, etc), que cuiden la casa y nos cuiden a todos. El Cristo en la puerta está ahí porque es Dios y nos tiene que proteger de las malas vibras que trae la gente”.


Virgen del Sagrado Corazón. Foto: Joselyn Marín. Toluca, México

La virgen parecía haber encontrado un nuevo lugar, a las nietas y luego a los nietos dejó de darles miedo, pero después algo llamó la atención de la familia, vecinos y amigos: la imagen cambió, los estigmas se borraron, ya no había más sangre e incluso la imagen parecía distinta. Cuentan que un día platicaron esto a un sacerdote y lo que él dijo es que quizá alguien había hecho una petición y que la virgen había realizado un milagro, que eso la había hecho cambiar. Esto resignificó a la imagen, su percepción e incluso el sentimiento y pertenencia dentro del espacio familiar, porque a alguien le había concedido un milagro. Doña Ricarda dice: “tenía una gota de sangre en las manos y en el corazón, se le fueron borrando, dicen que fue por un milagro, si eso se cree, pues órale, debe ser”.


La otra historia es la de las imágenes -la virgen de la luz, San Judas Tadeo y figuras de yeso del Niño Jesús, entre otras- que han dado forma a los altares al interior de la casa. Cada uno de estos objetos sagrados “llegaron a la casa” en algún momento: la virgen de la luz como parte de sus visitas itinerantes, San Judas porque uno de los hijos de la Doña lo dejó un día, y los Niños porque en cada navidad Doña Ricarda y su familia piden posada y se arrullan los niños de la familia y de todo aquel amigo o vecino que quiera “encargar” al niño para ser apadrinado el 2 de febrero. A decir de Doña Ricarda, ninguno de estos objetos ha sido comprado o propiamente un regalo “se los dejaron encargados y ya no quisieron irse”. Pero ¿cómo es eso? Bueno, pues resulta que cuando los dueños tienen el plan o anuncian que irán a recoger a su santo, a su virgen o a su niño, algo les pasa, tienen un accidente incluso, o por una u otra razón no llegan. Así, los altares de Doña Ricarda han ido creciendo con la contribución casi involuntaria de familiares, amigos y vecinos, y aparentemente también con la voluntad divina.


Los niños que se quedaron. Foto: Jocelyn Marín. Toluca, México

“No se van porque tal vez aquí les gusta, porque estamos unida la familia y porque nunca les falta su veladora, como sea, no les falta su luz y, cuando se puede, pues sus flores. Por eso yo creo que les gusta aquí y aquí están”.

La Virgen de la Luz y La Generala. Foto: Joselyn Marín. Toluca, México

Estas historias se dicen en la familia y entre quienes frecuentan la casa y sus altares. Doña Ricarda y su familia se encargan de cuidarlos y seguir poniéndoles su luz y sus flores, porque les gusta, porque son parte de la casa y de la experiencia sagrada que es también habitarla.


La casa de Doña Ricarda es un lugar al que me gusta volver, el lugar donde crecí. El corazón de mi abuela es un espacio abierto y yo también decidí quedarme ahí por su luz y por sus flores.

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