Malestares de la memoria

Actualizado: ene 14

Estoy en la muy antigua iglesia catedral de Gamla Uppsala, donde están los vestigios de la primera ubicación de la ciudad sueca de Uppsala. Este templo del siglo XII, alguna vez católico y ahora parte de la Iglesia Nacional Luterana de Suecia, está construído sobre los vestigios de numerosas tumbas vikingas. La vieja historia de la superposición de lugares sagrados se repite, vez tras vez. Pero aquí, los vestigios no sólo están abajo, sino alrededor del templo: pequeñas colinas ahora cubiertas de pasto esconden tumbas en donde jefes vikingos de la era precristiana fueron enterrados con sus pertenencias, sus signos de estatus y lo que podría serles útil en su nueva vida. En medio, se alza victoriosa la figura del templo, rodeado por un cementerio cristiano con tumbas al ras del suelo, y más allá, por las colinas-tumbas que se fusionan completamente con el paisaje natural. En su color verde, las tumbas se antojan eternas, impertérritas frente a instituciones religiosas que un día parecen dominar, y otro se van derrotadas, siempre sobre el mismo suelo fértil, las piedras mudas, el aire húmedo, y el cielo gris de este norte de días largos.

Entro al templo, y me encuentro con una pila bautismal de piedra, con inscripciones muy antiguas, muy probablemente encontrada en el lugar y astutamente reutilizada. Siempre me ha impresionado cómo en las iglesias muy antiguas la pila bautismal se encuentra a la entrada del edificio. Lo noté en las iglesias coloniales del siglo XVI en regiones indígenas del país, como Tlaxcala o Morelos. También en el magnífico Duomode Florencia, en el que el Baptisterio es un edificio aparte, pues al templo sólo podían ingresar los ya bautizados. En contraste, en las iglesias católicas más modernas, la pila se encuentra en una capilla lateral cerca del altar, o casi al lado del altar mismo, de manera que el ritual del bautismo, típicamente realizado a los pequeños hijos de los fieles, se lleva a cabo como una actividad –institucional y espacialmente hablando- en el seno de la comunidad de creyentes. La ubicación a la entrada de los templos, me parece un signo material de aquella doctrina de acuerdo con la cual “fuera de la iglesia no hay salvación” (extra ecclesiam nulla salus): para entrar a ella, primero debes ser bautizado con agua, que te purifica de lo que debe ser dejado afuera, y te unge con la bendición del privilegio único de los hijos, los salvos. Así es como puedes entrar en el templo, el espacio que simboliza la Casa de Dios. Leo pues ese arreglo espacial como una develación de una orientación sectaria, o bien como proveniente de un tiempo de dominación colonial en el que el bautismo cristiano era un rito de conversión, es decir, no de bienvenida a uno que nace dentro de la iglesia, sino de signo de transformación de sujetos adultos desde alguna forma de “paganismo” sea celta, vikingo o náhuatl (¡cuántas cosas están encubiertas bajo esa única palabra!), a partir del cual el converso temerá al mundo del que proviene como pecaminoso y vivirá su nueva fe en tensión constante con él por el peligro de contaminación que significa.

Pero en este bautisterio me encuentro una sorpresa: sumergidas en la antigua pila bautismal, se encuentran varias gemas de colores, brillando alegremente en el fondo del agua bendita. Un discreto letrero sobre la pila invita: “Hunde tu mano en esta pila bautismal, toma una gema y llévala a casa contigo. Tu vida entera está en esa gema, abarcando la totalidad de ser humano. Esta gema está llena de esperanza y de amor”. Me saltan a la mente varias cuestiones. Por una parte, es claro que la invitación parece la continuación de una vieja práctica devocional de muchos santuarios en el mundo, en el que los visitantes o peregrinos, buscan conservar en su regreso un recuerdo de su “estar ahí”, en ese lugar sagrado, y extender a su vida cotidiana la experiencia e incluso la gracia lograda. Pero el recuerdo no es ni una flor, ni una estampa, ni el agua misma. Es una gema, en el más puro estilo new age-neopagano, en el que las piedras o “cristales” –sean semipeciosas o no- son entendidas como poseedoras de una energía particular que entrará en relación con la vida de su poseedor. A las piedras/cristales se les carga, se les limpia, se les potencia mediante rituales ad-hoc, para poder ser usadas de acuerdo a las necesidades energéticas de su poseedor. Pero lo que más me impresionó, fue la transformación de la función de la pila bautismal: no era más el lugar del rito de paso del converso, el receptáculo de agua bendita que representa las aguas que lavarán el pecado original y abrirán las puertas del cielo para los hijos que reconocen a un solo Dios, dejando al paganismo atrás; era el depósito de gemas mágicas ubicadas en algún punto entre souvenirs, talismanes y reliquias. Sin embargo, esos objetos no pretenden simbolizar una tradición religiosa particular: sólo simbolizan los valores humanos de la esperanza y el amor, para llevar a casa.

Puesta en el entorno de la superposición de lugares sagrados vikingo(pagano)-cristiano católico-luterano, la capilla y su simbólica pila no es más el lugar de la memoria de la cristianización. La invitación al uso heterodoxo de la pila bautismal, permeado por las prácticas new age-neopaganas hoy tan en boga, me habla de un malestar en esa memoria, tan central a la historia europea y a la de la modernidad occidental misma. La trascendencia pensada desde el cristianismo y vivida en su compleja liturgia y ritual sacramental, no es más el pináculo civilizatorio a ser celebrado en la sobrevivencia del templo luterano sobre las ruinas de un pasado precristiano. La capilla no sólo se encuentra rodeada por las tumbas vikingas, se encuentra atravesada por la memoria reinventada del pasado que evocan, con la que parece buscar tímidamente, una nueva convivencia, un nuevo ensamblaje.

Pila bautismal, Catedral de Gamla Uppsala. Foto: Cristina Gutiérrez Zúñiga


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