Mujeres consagradas en la Iglesia Católica: entre la obediencia y el cambio

Nunca ha existido cristianismo

alguno que no haya dependido

de las oraciones y servicios de mujeres entregadas.

Kay McNama


Como muchas otras personas en México asistí a una escuela administrada por religiosas católicas, con ellas cursé la educación básica, en todo este tiempo les vi cotidianamente, sin preguntarme mucho por su trabajo. Simplemente estaban allí, en otras palabras, las veía sin mirarlas eran de alguna manera “invisibles”.


El ámbito de la educación se convirtió en un nicho de trabajo para las congregaciones tanto femeninas como masculinas en México América Latina. Era un espacio vital en las tareas de la Iglesia Católica, educar en los “valores cristianos” aseguraba buenos creyentes y la permanencia y predominancia del catolicismo, dicha formación se recibía en clases destinadas a ello, en no pocas ocasiones con nombres eufemísticos, como urbanidad y en otros se le llamaba con toda claridad religión. En una franca concesión de las muchas que existieron en el periodo del “Modus Vivendi”.


En aquellos momentos de auge para la educación ofrecida por las congregaciones religiosas era usual tener maestras religiosas, ellas además se podían ocupar de otros menesteres: la administración del plantel, confeccionar los uniformes que portábamos las alumnas (cuando lo usual era la división de sexos en las escuelas), la biblioteca escolar y en no pocos casos, de la tienda en la que se ofrecía comida para consumir en los recreos. En dicho plantel también ofrecía los niveles de preparatoria y la licenciatura en educación primaria. Lo que hacía que otras congregaciones de la ciudad, que tenían escuelas, enviaran a sus religiosas a estudiar con ellas. En otros espacios destinaban recursos para abrir escuelas en las zonas rurales y en vacaciones, y de manera particular en Semana Santa, era frecuente que organizaran viajes de misiones a la sierra tepehuana. No pocas religiosas encontraron su vocación en éstos espacios. Eran buenos tiempos (la década de los 70’s y 80´s del siglo XX) ya que todas las actividades relatadas eran hechas casi en su totalidad por religiosas, y pocos laicos.


Sin embargo, en las últimas décadas la situación ha cambiado, en particular en América Latina, que antaño fue uno de los lugares con mayor número de vocaciones. De acuerdo a los datos que ofrece el Anuario Pontificio 2017 y el Annuarium Statisticum Ecclesiae 2015,


Las religiosas profesas representan una población de una cierta consistencia: en 2015 superaron en un 61% el número de sacerdotes de todo el planeta y se encuentran actualmente en fuerte descenso. A nivel mundial, pasan de 721.935 unidades en 2010 a 670.320 en 2015, con una disminución relativa del 7,1%. Se notan profundas diferencias de comportamiento, cuando se analizan las tendencias temporales en zonas geográficas determinadas.

África es el continente con el mayor aumento de religiosas, que pasaron de 66.375 en 2010 a 71.567 en 2015, con un aumento relativo del 7,8% en todo el período y una tasa de crecimiento anual que arroja un promedio del 1,6%. Sigue el sud- sudeste de Asia, donde las religiosas profesas han pasado de 160.564 en 2010 a 166.786 en 2015, un incremento del 3,9% durante todo el período y una tasa de promedio de crecimiento anual del 0, 78%. El sur y el área central de América, entre el inicio y el fin del período muestran un descenso: se pasa de las 122.213 religiosas en 2010 a las 112.051 en 2015, con un decremento global del 8,3% y un promedio anual de -1,7%. Por último, hay tres áreas continentales unidas por un fuerte descenso: se trata de América del Norte (-17,9% en el período y el 3,6% en tasa media anual de variación), Europa (13,4% y -2,7%) y Oceanía (-13,8% y - 2,7%). Estas zonas son, por lo tanto, relevantes como dato mundial.[1]


Estudiar al mundo de la vida consagrada en América Latina hoy en día implica dar cuenta de múltiples transformaciones en la dinámica eclesial, los profundos cambios y la presencia de su trabajo pastoral en comunidades y eventos coyunturales. Sin embargo y he aquí la paradoja, su lugar en la estructura de la Iglesia Católica, no ha cambiado demasiado. Las religiosas son voces poco reconocidas y escuchadas. A pesar de ser en cantidad, muchas más que los hombres que eligen a la vida consagrada.


Monjas bolivianas reciben al Papa en un acto en Santa Cruz. REUTERS

A nivel discursivo son altamente valoradas en los documentos eclesiales y, sin embargo, no tienen acceso a puestos de decisión de vida eclesiástica importantes, su formación en teología, filosofía y eclesiología es menor que en sus pares varones y no pueden tener un trato de igualdad con los sacerdotes ya que, entre otras cosas, no pueden acceder al sacerdocio reservado a los hombres. En resumen, viven en un mundo cuyas decisiones más importantes son tomadas desde una estructura patriarcal que reproduce una lógica que no permite su participación en todos los niveles. Para algunas religiosas esta situación se convierte en algo positivo ya que no les distrae de su vocación y trabajo pastoral. En otros casos padecen decisiones que afectan a sus comunidades, recordándoles que su voz no siempre encuentra espacios para ser escuchadas.


Además de la educación sus otros espacios de trabajo comunes son la colaboración en las parroquias (trabajo pastoral, con familias y jóvenes, así como catequesis) y seminarios diocesanos (hacen comida y trabajo administrativo) así como en el ámbito de la salud: hospitales, asilos, orfanatorios, acompañamiento a enfermos terminales. Y otras menos conocidas: artesanas de artículos de uso eclesial (son bordadoras, pintoras, escultoras) trabajo con mujeres víctimas de violencia, niños y jóvenes en condiciones de vulnerabilidad, migrantes, exiliados en conflictos por tierra y creencias religiosas, en todos ellos están presentes.


El abanico de trabajo es una representación también de su carisma y su posicionamiento en y desde la iglesia. Desde las congregaciones más conservadoras cuyo trabajo es ofrecer ayuda a los seminaristas para que se concentren en su formación (lavando, planchando y elaborándoles la comida) hasta aquellas que han cerrado colegios para clases media y alta y ahora viven en zonas marginadas desarrollando proyectos económicos y de acompañamiento a migrantes y excluidos sociales. En algunos casos siguiendo los postulados de la teología “en clave de mujer”. Todas ellas conforman a un sector de gran diversidad para el que requerimos instrumentos de abordaje conceptual y metodológico creativos.


A decir de Mc Namara, “la historia de las monjas está llena de hombres que las admiraban al tiempo que temían su propia admiración, que las controlaban sin confiar en ellas, que potenciaban el mito del misterio y de la diferencia más que el ideal de com­prensión e igualdad” (1999: 21). Asunto que no ha cambiado demasiado. En muchas de las historias de las fundaciones de congregaciones se observa la presencia activa de religiosas avaladas por un sacerdote, en no pocas ocasiones con un alto puesto jerárquico: obispos y cardenales (las voces autorizadas). Las fundaciones siempre requieren de esta complicidad con un varón, las muje­res no tienen la capacidad de agencia necesaria para emprenderlo solas; sin embargo, el carácter y el carisma que eligen les queda como impronta de su paso por ellas.


Por mucho tiempo, los conventos fueron un buen lugar para aquellas mujeres que no deseaban casarse, no tenían la dote suficiente para un matrimonio ventajoso, para aquellas que encontraban intramuros una posi­bilidad de lograr cierta autonomía o para las que sus familias veían en una mujer consagrada un bien preciado y deseado. En este sentido, los trabajos de Josefina Muriel y Rosalva Loreto son un buen ejemplo de la edad de oro de los conventos en la época novohispana.


Las religiosas de hoy en día tienen otro tipo de retos. Uno de los más im­portantes es el referido a su trabajo de intervención en las sociedades, en par­ticular las que tienen lugar en zonas vulnerables: “Las profesiones de atención al prójimo, inventadas por las religiosas y ejercidas por ellas durante siglos, se secularizaron” (McNamara, 1999: 547). Enfermeras, trabajadoras sociales, maestras, psicólogas, profesiones en las cuales han dejado su huella, siguen siendo sus espacios de trabajo privilegiados.


Este conocimiento de la vida cotidiana y sus problemáticas les da ventajas sobre sus pares masculinos, ya que las religiosas cuentan con una trayectoria profesional y es­colaridad acorde a ella. Esto las posiciona con mayores ventajas en estos espa­cios, el estudio teológico sigue siendo minoritario, aunque existen casos muy interesantes de teología entendida “en clave femenina” y que apuestan por una mirada diferente de la tradición y los textos bíblicos.

Al término del Concilio Vaticano II, en 1965 y como efecto del aggiornamient[2]o las congregaciones se vieron obligadas a cambiar y lo hicieron a distin­tos ritmos y con diferentes obstáculos y objetivos.


El Concilio Vaticano II recordó a las religiosas que no son clero y las instó a buscar una nueva solidaridad con el resto del laicado. Muchas hermanas aban­donaron su aislamiento casi clerical para entregarse a la ‘opción especial’[3] de la Iglesia. Cambiaron los hábitos medievales por las faldas cortas, y los velos funcionales por las vestimentas civiles y los vaqueros (Mc Namara,1999: 548).


Las religiosas actuales han sido capaces de construir caminos y estrategias de autonomía dentro de las estructuras eclesiásticas, renovando su presencia como un reto continuo para adaptarse a los desafíos que los cambios socioculturales les han impuesto, y en algunos casos eligiendo permanecer en las actividades que les dieron origen.


Los resultados son diversos, en ocasiones con éxito, en otras con fracasos y nuevos intentos.

Con grandes esfuerzo y tensiones al interior de las congregaciones debido a la complejidad de la vida comunitaria y las disputas generadas por las diferencias en formación y proyectos, intergeneracionales entre las religiosas. Y al exterior en su relación con la estructura eclesial. Conflictos en los que la salida y disminución de vocaciones se han visto reflejado.


El estudio de la vida consagrada femenina, del que tenemos pocos trabajos y en ello los estudiosos de la religión reproducimos la estructura de poder eclesiástica, ya que tampoco las vemos. Nos permite valorar las transformaciones en la iglesia, ya que ofrecen una ventana a los cambios socioculturales, económicos y políticos gracias a su presencia continua y decidida en las problemáticas cotidianas que han sido la razón de las fundaciones.


Bibliografía

Loreto, L. R. (2000). Los conventos femeninos y el mundo urbano de la Puebla de los Ángeles del siglo XVIII. México: Ed. El Colegio de México.

Mc Namara, J. A. K. (1999). Hermanas en armas. Dos milenios de historia de las monjas católicas. Barcelona: Ed. Herder.

Muriel, J. (1982). Cultura femenina novohispana. México: Ed. unam

Padilla Rangel, Y. (2007). La silenciosa oposición, mujeres religiosas en Aguas­calientes. En Padilla Rangel. (Coord.). Línea curva. Historias de mujeres en Aguascalientes. México: Ed. Instituto Aguascalentense de las Mujeres.

Patiño López, María Eugenia (2018) Religiosas católicas en la ciudad de Aguascalientes. Una mirada sociocultural a los relatos de vida. México: Ed. Universidad Autónoma de Aguascalientes/El Colegio de San Luis.

[1] https://press.vatican.va/content/salastampa/es/bollettino/pubblico/2017/04/06/ter.html Consultado el 12 de mayo de 2019.


[2] De manera literal “ponerse al día” abrirse al mundo contemporáneo y sus retos.


[3] Opción especial en éste contexto, es la opción por los pobres y necesitados.

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