¡Oh Yemayá! La vida por una serenata

Actualizado: ene 13

--“Hace diez años en este mismo lugar estaba llorando pidiéndole a Yemayá [para que se lograra el hijo que llevaba en el vientre], no tenía dinero, ni casa, estaba embarazada…en una situación muy difícil…”—me dijo Sandra


Luego de lo dicho, hizo silencio. Miraba el mar. Detrás de nosotras, la voz y música de mariachis entonaban una serenata a la orilla de la playa de Sisal, Yucatán, un pueblo de pescadores que desde siglo XVI fue el principal puerto de Yucatán, lugar que ocuparía posteriormente el famoso Puerto Progreso. El 7 de septiembre del año en curso --el mismo día al que se le festeja a la Virgen de Regla, patrona de Cuba, que según el dicho popular se sincretiza con este orisha de origen yoruba llamado Yemayá- Sandra cumple 16 años de rendirle homenaje y agradecimiento, luego de la manda que le hiciera a esta deidad dueña y señora del mar y de la maternidad, gracias a la cual -afirma- su hijo logró venir al mundo vivo.


Sandra, originaria de un pueblo de Yucatán, escuchó por vez primera sobre Yemayá y de lo que “era capaz” en voz de una santera de la Ciudad de México, una enfermera a quien conoció en el hospital en donde estuvo dos meses por amenazas de aborto. Proviene de una familia católica para quien la santería era completamente ajena, a pesar de que Yucatán y Cuba han mantenido lazos históricos de siglos y que la cultura cubana tiene una presencia importante en estos lares. Sandra recuerda que cuando escuchó hablar de esta religión sintió miedo, pero al mismo tiempo aquella enfermera le daba confianza y de hecho, fue quien le dio posada luego de que su familia la corriera de la casa por un embarazo que no veían con buenos ojos. En esta convivencia con la enfermera, Sandra conoció un poco más de esta religión, en la que se cree en un Dios creador y una serie de intermediarios llamados orisha, a menudo equiparados con el santoral católico, que fungen como protectores de sus hijos simbólicos o iniciados, llamados comúnmente santeros.


La santería que nos viene de Cuba a México se articula con el espiritismo, por lo que aquellos que antes de entrar en contacto con la santería y sus prácticas ya creían en los espíritus y la posibilidad de comunicarse con ellos, han encontrado en esta religión un espacio de plausibilidad y de sentido, descubriendo incluso lo que ellos llaman sus “dones” (mediumnidad, videncia, capacidad para curar…,) y su misión. Algo de lo que nos narra Sandra en su historia lo demuestra:

--“En una misa espiritual un muerto me mandó llamar, y me dijo que mi hijo sería varón y que era hijo de Yemayá, que yo tenía dones. Yo comencé a sentirme asustada… ¡se me hizo un nudo aquí [en la garganta] no podía hablar! Lo siguiente que pasó fue que abrí los ojos y Sol [su amiga enfermera] me estaba tratando de hacerme reaccionar con alcohol [….] dicen que [el espíritu de ] mi abuelito se me pegó [la tomó posesa] y dijo que yo ya debía ponerme a trabajar esto [desarrollar los dones espirituales que le habían identificado en otros momentos de su vida].”


Esta experiencia la compartió Sandra con su hermana, quien alarmada le dijo que Sol (su amiga enfermera) seguramente estaba en una secta, que tuviera cuidado porque a lo mejor le querían quitar a su hijo cuando naciera. La visión de la hermana de Sandra no es en lo absoluto particular, pues la santería a menudo es calificada como secta y no goza de una legitimidad social. A pesar del vínculo que Sandra ya tenía con Sol no pudo evitar sentir miedo ante la posibilidad mínima de perder a su hijo, por lo que se fue con su hermana aunque al poco tiempo se pelearon y también la corrió de su casa. Recuerda que solo le quedaban 17 pesos para volver a Mérida a casa de su amiga Sol que en ese momento era la única persona que estaba dispuesta a ayudarla. Cuando Sandra evoca ese momento se le humedecen lo ojos:

--“Salí llorando y me equivoqué de camión, en lugar de ir a Mérida me estaba yendo a Sisal pero no me di cuenta. Cuando el chófer me vio llorando me dijo ¿qué tienes? Cuando le conté que no me alcanzaba el dinero para llegar a Mérida el chofer se apiadó. Me dijo que lo esperara, que en una hora salía su camión a Mérida y que me llevaba. Ahí me bajé y me fui al mar a esperar, y le dije Yemayá -yo no te conozco pero si tú me ayudas yo cada año te traeré tu regalo aquí en el mar…y ese fue el ultimo año que viví mi sufrimiento, mi pobreza, mi necesidad.”


Hace 16 años, cuando la santería era aún bastante incipiente en Mérida, Sandra comenzó su primera celebración a Yemayá con 12 personas, nadie, ni siquiera ella, era santero. A esta gente la congregaba la amistad y la fe en una deidad que daba pruebas de su poder, a decir del testimonio de Sandra. El número de personas fue aumentando con el paso del tiempo. Esta última vez llegaron al festejo alrededor de 80 personas. La mayoría de los asistentes sin embargo no son santeros, y entre el público, además de niños nunca faltan las embarazadas pues en esta ceremonia Sandra afirma que “van las mujeres a buscar su maternidad”, y cada año también se “presentan niños” cuyas madres no podían embarazarse y que luego de venir a pedirle a Yemayá dicen haber cumplido su anhelo. Es así que entre el público nunca faltan embarazadas, a ellas se les da especial atención.


La ceremonia en el mar se hace normalmente en la noche, la cual no sólo requiere de una buena capacidad logística sino de cierta habilidad de gestión. A veces la cosa se complica para solicitar por ejemplo el permiso municipal, en este caso de una ceremonia para una deidad yoruba venerada en una religión estigmatizada, por lo que como estrategia mejor se le presenta a las autoridades bajo su expresión católica cubana, es decir que presentan su evento como una celebración a la “Virgen de Regla”, esto los exime de mayores explicaciones. El catolicismo estructurante de una parte importante de la vida religiosa colectiva en México paradójicamente permite subsanar en cierta forma algunas de las desventajas jurídicas y sociales de religiones como la santería, todavía considerada por muchos como brujería y situada al margen del campo de poder de las instituciones religiosas dominantes.


El desarrollo de esta ceremonia en Yucatán está marcado por la inspiración de Sandra y su gente y también por la improvisación y libertad individual de los invitados, pues hay santeros que asisten porque son hijos simbólicos Yemayá y participan de manera colectiva pero nadie les prohíbe que propicien, invoquen o canten como ellos deseen. A los asistentes se les pide vestirse de blanco, pero tampoco es obligatorio. Hay sin embargo tres elementos que se mantienen estables en el ritual:


La música como ofrenda

--En México cuando celebramos lo hacemos con música—me señala Sandra.

Por eso en esta celebración resulta algo imprescindible. El primer año de esta fiesta lo que se pudo costear fue un trío romántico. Años después alcanzó para el mariachi, una manera muy espléndida y efusiva de celebrar algo especial en México.


Mariachis cantan en honor a Yemayá. Detrás de ellos, participantes de la celebración. Al centro, la ofrenda colectiva para este orisha. Foto: Hugo Borges, Sisal, Yucatán, septiembre 2014

Fue hasta que el hijo de Sandra y su promesa cumplieron XV años, una celebración que en este país no puede pasar desapercibida, que se armó “algo en grande”. Para estas fechas, Sandra, que se había iniciado en la santería casi una década atrás ya contaba con el suficiente capital social y económico para costear lo que había soñado, ahora sí más cerca del mundo ritual santero: un toque de tambor (dentro de la santería, fiesta en honor a los orisha, con música y danza ritual) con músicos y cantantes traídos de la Ciudad de México, pues es la ciudad capital la que concentra el mayor número de santeros, músicos rituales y parafernalia de esta religión a nivel nacional. A pesar de la presencia notable de población cubana en Mérida y de sus percusionistas, normalmente no son contratados para estos menesteres, debido a que no hay los suficientes iniciados en este tambor ritual, requisito indispensable para percutirlos, y porque ciertos grupos de tamboreros en México ya tienen un prestigio muy reconocido en el universo de la santería y con los cuales es difícil competir en otras ciudades en las que la oferta no es significativa, como es el caso de Mérida.


Percusionistas mexicanos del tambor sagrado (Añá) alistándose para tocar y cantar a Yemayá. Foto: Luis Torres, Sisal, Yucatán, septiembre 2017

En esta misma ocasión se montó un altar o trono al pie del mar, en lugar de una fogata. Fue en este espacio en el que se depositaron la ofrendas para Yemayá como normalmente se hace en la santería. Más adelante se procedió al baile. Los participantes, iniciados y no iniciados siguieron el ritmo como pudieron. Lejos de ser circunspectos, en estos eventos uno puede experimentar -como dice la gente- “tremenda gozadera.”

Saludo ritual a Yemayá al pie del altar montado en su honor a la orilla de la playa. Foto: Luis Torres. Sisal, Yucatán, septiembre 2017

Baile para los orisha a ritmo de batá (trio de tambores sagrados). Foto: Luis Torres. Sisal, Yucatán, septiembre 2017

Una “limpia” colectiva


El segundo elemento imprescindible es lo que en México se conoce como una limpia, sólo que colectiva, cuyo objetivo es alejar todo mal de uno, es decir, limpiar en un sentido simbólico. Por mucho tiempo Sandra encabezó esta parte pero desde hace algunos años le cedió el lugar a una persona mayor que se dedica a las curaciones y limpias y que le ayudó mucho a “creer en sí misma”, y aunque no es santero, es una persona a la que le tiene un agradecimiento particular. Lo que importa aquí es la intención y no las voces autorizadas o guardianes de la tradición. A guisa de ejemplo pude observar la elaboración de peticiones a Yemayá con referentes culturales locales pero con la misma intención que en una fiesta colectiva santera, que es el establecer un intercambio simbólico con un agente sagrado -un orisha en este caso- de quien se obtendrá ayuda a cambio de ofrendas. En la edición del 2016, una vez que se formó un gran círculo con todos los asistentes alrededor de la fogata y la ofrenda, el encargado del ritual en voz alta dijo:

--Yemayá madre del agua, de la vida, aquí todos tus hijos venimos a ofrendarte de corazón…te pedimos por el poder del fuego sagrado, chispa divina, que nos des tu fuerza y vigor para que esta ceremonia limpie nuestro cuerpo, mente y alma, te pedimos que nos concedas lo que te pedimos y que se vaya todo aquello que no nos sirve ¡Mentalmente pidan a Yemayá lo que quieran que venga a su vida y lo que quieran que se vaya!


Ritual para la limpia y petición colectiva. Foto: Hugo Borges. Sisal, Yucatán, septiembre 2014

En esta misma edición también se oyó el sonido del caracol, que se usa desde tiempos prehispánicos en México y entre ciertos grupos indígenas, entre otras cosas para marcar el inicio de un ritual. Un instrumento que no se utiliza en Cuba o Nigeria por ejemplo, de donde originalmente viajó Yemayá hacia América y que es venerada en distintas ciudades del continente de muy variadas formas.


Lo que se busca después de todo es pedir salud y bienestar. A las mujeres embarazadas se les hacen oraciones personalizadas y se les pasan frutas cerca del vientre, una forma simbólica de alejar cualquier amenaza a su estado gestante; también se les atiende detenidamente a las mujeres que anhelan un hijo y que encuentran aquí un foro que cobija su deseo.



Al ser Yemayá la deidad de la maternidad se le piden bendiciones por el bebé que viene en camino. Foto: Gervasio Cetto. Sisal, Yucatán, septiembre 2016

La ofrenda en el mar


Uno de los momentos más emotivos de esta ceremonia es cuando se deposita la ofrenda colectiva en el mar. Días antes se elabora y adorna un barquito mediano de madera. En él se acomodan cuidadosamente frutas, velas, pasteles, diversos elementos emblemáticos de Yemayá y las peticiones de muchos de los asistentes escritas en papelitos doblados.


Acomodando la ofrenda en el barquito para Yemayá. Foto: Gervasio Cetto. Sisal, Yucatán, septiembre 2016

Son sobre todo niños los que por su pureza e inocencia colocan el barquito en la orilla de la playa. El mar, con sus olas cómplices se lo lleva junto con todos los anhelos ahí contenidos. La música acompaña este simbólico momento mientras todos los asistentes de pie frente a la orilla observan cómo desaparecen sus solicitudes en la oscuridad.




Al final, los asistentes se quedan en la orilla, introducen parcialmente su cuerpo en el mar, se limpian con flores y frutas que luego son lanzadas al agua. Piden, en silencio, en voz alta, cantando, llorando. Todos ahí congregados por agradecimiento, por curiosidad, por algún miedo o por algún un deseo de que una hermana, una esposa, una hija de a luz sin contratiempos.


Petición de cierre a Yemayá. Foto: Hugo Borges. Sisal, Yucatán, septiembre 2014

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