Poner el cuerpo desde la práctica y el análisis de lo religioso. Segunda parte.

Actualizado: 13 de jun de 2019

#Cuerpo #trabajodecampo #Experiencia


En la entrega pasada terminaba mi contribución con un par de preguntas acerca de cómo al analizar las prácticas religiosas atendemos (o no) las experiencias corporales y emotivas que presenciamos, y si hemos desarrollado estrategias suficientes para atender estos elementos como hechos relevantes en nuestras investigaciones. Sin duda, son cuestiones que no tienen una sola respuesta posible, ya que las maneras de analizar los fenómenos religiosos y espirituales tienen distintos puntos de entrada, salida y permanencia cuando nos encontramos en campo.


Mientras realizaba mi tesis doctoral, una de mis profesoras comentó en un seminario que los trabajos de investigación muchas veces revelan situaciones no resueltas en la vida de quienes las realizamos. Más allá de la potencia de esta afirmación y del impacto que me generó escuchar tal frase, considero que realizar una investigación trae consigo el interés por indagar en un fenómeno preciso que nos genera preguntas y del cual queremos conocer más, pero también una serie de vivencias que son capaces de reconfigurar no sólo los saberes en torno a un tema específico, sino nuestras experiencias como sujetos que forman parte de un espacio social compartido y las formas en las cuales nos hacemos presentes y comprendemos el mundo.


Las ciencias sociales, apelando a sus métodos y al abordaje de sus “objetos”, plantean una serie de elementos que justifican la objetividad de los análisis realizados desde las distintas disciplinas. Quienes abordamos prácticas y creencias religiosas, al menos una vez en la vida, hemos escuchado la pregunta “¿ya te convertiste?” de nuestros colegas, amigos, e incluso de nuestros/as interlocutores/as. Y aunque hay casos en los que estas conversiones efectivamente suceden, lo cierto es que al estar en campo, al hacernos presentes, al también poner el cuerpo en las investigaciones, nosotros también vivimos una especie de resocialización. No es que vivamos una revelación divina, pero la experiencia de estar en rituales, de presenciar sanaciones, de vivir el goce, la emoción, el amor en nuestros espacios de estudio, sí modela nuestra forma de mirar a los otros; porque también para quienes ponemos el cuerpo en la investigación, este cuerpo se convierte en un espacio de experimentación y de herramienta cognitiva.


Ritual de transmutación de los afectos. Círculo de la Gran Diosa. CDMX. 2014.

En mi caso, poner el cuerpo no sólo fue una condición para analizar círculos de espiritualidad femenina, fue una estrategia de conocimiento desde la carne y desde la sangre. Si bien pude haber mantenido distancia y limitarme sólo a observar, participar de estos grupos me abrió la puerta a modos de experimentar sensaciones y vivencias que de otro modo no habría comprendido. Me abrí a las experiencias, a la guía y a los relatos de las mujeres con quienes compartí rituales y meditaciones. Poner el cuerpo no es sólo estar ahí o sólo participar de una práctica desde la negociación de la identidad como investigador/a en un grupo determinado, es tener los sentidos dispuestos al conocimiento del otro, pero también de uno mismo y de su posición dentro de la investigación.


Situar a los sujetos siempre se vuelve necesario: decir quiénes son, sus características socioculturales, cómo se definen; pero también el investigador requiere de estos marcajes. Situarse frente a un objeto de estudio religioso o espiritual, va más allá de creer o no creer en eso que se investiga, es posicionarse teórica, política, metodológica y personalmente frente a una realidad que pretendemos comprender en su complejidad. Es saber nuestros propios límites, afinidades y diferencias. Es también un ejercicio de honestidad y humildad. Poner el cuerpo en la investigación es situarse en un sentido literal, es colocarse, descolocarse, moverse, llegar al límite y conocer desde cada uno de estos estadios. Poner el cuerpo en la investigación va más allá de la obtención del dato, de una foto, de un testimonio; es el interés genuino por comprender al otro sin desdibujar lo que quizá éste puede revelarnos de nosotros mismos o de nuestra investigación.

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