“Por la transformación y la purificación” La lucha, el aquelarre y la sanación

Actualizado: ene 13

Agosto de 2019 en México será recordado por muchas y muchos como el mes donde las mujeres salieron a las calles a exigir el cese de la violencia, los feminicidios y las múltiples violaciones a los derechos humanos, esas que tienen una evidente marca de género. Y no es que haya sido la primera vez que estas manifestaciones suceden, antes bien estas muestras públicas y colectivas mostraron la rabia contenida que trae consigo vivir en un país donde cada día se siguen contando desaparecidos y fosas con restos humanos, donde las noticias están plagadas de casos de violaciones, secuestros, feminicidios, donde la autoridad se distingue por sus abusos y por su falta de empatía y acción en pro de la ciudadanía. Esa rabia contenida salió a las calles en agosto de 2019 bajo el lema “no me cuidan, me violan”, se vistió de purpurina rosada y generó mensajes contundentes como "A mí no me cuida la policía, me cuidan mis amigas”.




Las dos marchas, la del 12 de agosto en la Secretaría de Seguridad Ciudadana y la del viernes 16 en la glorieta Insurgentes, ambas en CDMX, tuvieron un lugar particular en los medios, no sólo por las acciones que fueron catalogadas como violentas (cuestión que marcó en gran medida la lectura de muchas personas), sino por el papel protagónico de colectivos y mujeres que exigieron de forma contundente y diversa la atención de las autoridades, quienes se habrían mostrado tibias frente a las violaciones recientemente conocidas, pero también haciendo ver que las mujeres están en acción y no están (estamos) dispuestas a seguir viviendo con miedo en nuestros espacios privados y públicos.

Mucho se dijo y se criticó sobre las acciones realizadas en estas marchas en los medios y en las redes: que si fueron violentas, que si “no eran las formas”, que si las pintas en el Ángel de la Independencia habían sido demasiado… El hecho es que muchos de estos comentarios, desde mi punto de vista, omitían el problema real, dejaban de lado la razón de las manifestaciones, ponían en entredicho (una vez más) las acciones colectivas encabezadas por mujeres. Los muros de Facebook en esos días se volvieron un abanico de pronunciamientos personales que defendían el derecho de manifestación, la rabia, la necesidad de tomar acciones horizontales y también la exigencia de justicia, a la par de una serie de agresiones, amenazas y descalificaciones al movimiento feminista en general.


En este panorama tan removido de emociones y de acciones de todo tipo surgió un llamado que llamó mi atención: la convocatoria de WITCH CDMX para realizar un “Aquelarre de luna oscura” el cual se llevó a cabo en el monumento a la Revolución, también en CDMX. Esta convocatoria que circuló a través de Facebook decía:

Las convocamos a ustedes hermanas, a su rebeldía, su amor, su coraje y a toda su fuerza a la noche del hechizo, la contemplación del fuego, la danza y los conjuros para liberarnos, fortalecernos y alterar, en un acto simbólico, la realidad.

El aquelarre de la Luna Oscura sucederá este jueves 29 de agosto a las 19.00 h en el monumento a la Revolución de la CDMX.

Por la transformación y purificación de esta realidad.

Somos manada llena de matices, ríos y flores.

Somos bosque, montañas y mares.

Somos todas.

Invocamos su apoyo para la difusión de este hechizo - acción política en sus espacios.

Pasa la palabra hermana.


Agosto tuvo dos lunas negras, esta, la segunda, en la cual se convocaba este aquelarre, hacía un llamado para invocar a las ancestras, para fortalecer los lazos entre mujeres y para curar de manera colectiva “el dolor y la angustia generada por lo feminicidios, desapariciones y demás violaciones contra el 51.4% de la población” (León, 2019). De acuerdo con la nota realizada por León (2019), en este acto acudieron sanadoras, mujeres medicina y mujeres de varios colectivos que representaban la diversidad del movimiento feminista.

Los elementos, la ruda, las velas, los rezos, las ancestras, las limpias con copal, fueron parte de este ritual. Uno de los actos que acompañan a la luna negra es aquel que marca la eliminación de aquello que ya no es necesario para poder avanzar, cuestión que se realizó también a través de la quema de papeles en una cazuela a modo de soltar esas cosas que ahí estaban escritas. Se realizó un altar para hacer honor a las ancestras, a las ausentes, para hacerlas presentes, honrarlas y reconocerlas.

Todo esto me lleva a pensar no sólo en mi propio trabajo, sino también en el actuar político que tiene consigo un ritual como este. Los actos espirituales, sobre todo aquellos que escapan a las fronteras de las instituciones religiosas son, con frecuencia, mal vistos, asumimos como individualistas y también como alejados de lo político. Rituales como este demuestran que esta lectura puede ser y ha sido errónea y que aquellos campos que parecían separados actualmente se cruzan, dialogan y se transforman.

Desde mi trabajo con los círculos de mujeres, donde no siempre había una adscripción abiertamente feminista, planteaba desde hace tiempo que en ellos existe no sólo un modo particular de construirse como sujetos, como mujeres, sino que en ellos se encuentra también una serie de posturas que dibujan sujetos políticos con un potencial transformador tanto individual como colectivo. Reunirse, hablar, escucharse, acompañarse, cuidarse, son algunos de los llamados de estas formas espirituales que se generan desde lo horizontal, desde un mirarse de cerca y desde habitar un espacio que nos es común. Buscar la sanación colectiva a través del ritual, a través del congregarse, de reconstruirse, también es una acción política en un contexto que se percibe como de peligro y de amenaza.

Aquel grito que compartimos las mujeres en el resto del país sigue resonando, “me cuidan mis amigas”, pero también mis amigas me sanan. Porque en este contexto no podemos seguir omitiendo que así como lo personal es político, lo espiritual también lo es.

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