Religión y cultura popular en el caribe mexicano

Actualizado: ene 14

I.

La religiosidad popular en el Caribe mexicano tiene muchas expresiones. Es común suponer que se trata de los giros de la gente sencilla, el pueblo, alrededor de la religión católica. Procesiones y fiestas son las manifestaciones más visibles de dicha forma de relacionarse con la divinidad.


Los santos patronos de los pueblos, y de muchos barrios de las ciudades, son festejados anualmente y las visitas entre estos protectores de una u otra comunidad entretejen un sistema de solidaridad social; la imaginería social supone que detrás de estas celebraciones pueden estar las acciones de mayordomías o algún sistema de cargos. Sin duda, dicho escenario suele encontrarse en diversas festividades religiosas.


En el Caribe mexicano, específicamente en el estado de Quintana Roo, son frecuentes las expresiones populares de veneración a diferentes vírgenes, santas y santos; la organización de parientes y amigos alrededor de la imagen del Niño Dios, San Judas Tadeo o la Virgen de Guadalupe, por ejemplo, reúne en altares domésticos a grupos numerosos para venerar la imagen de su predilección.


Desde hace casi un cuarto de siglo el culto a la Santa Muerte se ha expandido en Quintana Roo. Forma contemporánea de la religiosidad popular, tiene su principal territorio devocional en el interior de los hogares, donde se le venera y celebra de formas muy diferentes. La poca institucionalización social de esta práctica religiosa ha dado lugar a una amplia gama de tradiciones y los líderes de cada centro de culto han generado cuerpos doctrinales propios, así como liturgias y rituales disímiles.


Esta religiosidad no surgió, desde luego, en el Caribe mexicano. Aunque no hay certeza de su origen, muchos creyentes migraron a Quintana Roo como parte del proceso de colonización espontánea o dirigida ocurrido en las últimas cinco décadas. De esta forma, en la tranquilidad de sus casas o en el contexto de diversos espacios de medicina popular, la imagen de la Santa Muerte fue echando raíces en el oriente mexicano, cuyos vecinos insulares practican –entre otros– la santería, el palo monte y el vudú.


En la segunda década del siglo XXI, los altares domésticos surgen y ganan vida lo mismo en localidades rurales que urbanas. Los creyentes que se acogen a la protección de la Santa Muerte establecen con ella un vínculo que se caracteriza por su naturaleza relacional, permitiendo al ciudadano de a pie contar con un elemento más para enfrentar la dura realidad que le toca vivir.


Fotografia de Antonio Higuera Bonfil

Dinero y amor, trabajo y protección, suerte y salud, son algunas de las peticiones comunes a la Santa. Si bien los medios de comunicación han creado la imagen de que narcotraficantes, ladrones, sexoservidoras y malvivientes adoran a esta imagen, así como su contraparte en los cuerpos policiacos y del ejército, las y los devotos provienen de distintos sectores sociales. En las reuniones de estos feligreses conviven amas de casa y empleados, comerciantes y maestros, estudiantes y profesionistas; la unidad que produce la fe es un férreo lazo que va más allá de condiciones socioeconómicas y lo que importa es la hermandad religiosa, la devoción a la Santa.


Se ha dicho en párrafos anteriores que esta religiosidad está poco institucionalizada. Por ello, la vinculación entre el creyente y la entidad supra humana tiene distintas naturalezas. No es equivocado decir que la mayoría de los devotos enmarca esta fe en el contexto del cristianismo, reconociendo un carácter intercesor a la Santa Muerte; tampoco es raro que algunas comunidades de fe la entienden como una deidad en sí misma, y, aunque es menos frecuente, encontramos que se concibe a la Santa como parte de un grupo de deidades, independientes entre sí, pero vinculadas a la hora de formular las peticiones de la feligresía, a las que se recurre para obtener favores y/o milagros.


Con este telón de fondo, veamos algunos ejemplos sobre la veneración a una imagen estigmatizada, mayoritariamente mal vista por la sociedad.


II.


Lo primero que hay que decir es que el culto se practica en todas las latitudes de Quintana Roo. No sólo en los centros urbanos como Cancún, Playa del Carmen y Chetumal hay templos públicos de veneración a la Santa Muerte; en muchas localidades rurales hay altares domésticos aquí y allá. Usualmente los habitantes de estas pequeñas poblaciones campiranas saben quién rinde culto a la Santa y mantienen una posición de distancia/respeto hacia esta opción. Inserta en un contexto de diversidad religiosa, la devoción se encuentra en un extremo del espectro de fe, pero normalmente no produce conflictos sociales.


En el campo no suelen encontrarse templos de la Santa en funcionamiento. Son los hogares los que constituyen el espacio privilegiado de esta religiosidad. Novenas, rosarios y oraciones con periodicidad variable reúnen a los creyentes en las casas para celebrar la fe de una minoría. Los ministros de culto de otras religiones se han limitado a expresar su distanciamiento de esta religiosidad y advierten a sus feligreses, cristianos católicos y no católicos, que entablar relación con ese culto es peligroso, pues lo consideran cosa del Diablo.


Pero en los principales centros urbanos de Quintana Roo, los creyentes convergen para expresar su fe. Rosarios, novenas, limpias y consultas son frecuentes en esta comunidad. Cualquier día es bueno para llevar flores, prender una veladora, ofrendar fruta, fumar un puro o compartir una copa con quien es considerada una poderosa aliada del ser humano.

Las y los líderes de los altares y templos mantienen una relación cotidiana con los devotos. Son la arista en la que confluyen los creyentes y la Santa Muerte, fungen como agentes de lo sobrenatural cuyos dones están al servicio de los creyentes. Hacen limpias, leen cartas y tarot, preparan pociones, realizan amarres de amor, efectúan ritos para propiciar protección y rezan por la salud de los creyentes, entre muchas otras prácticas simbólicas. La convivencia entre líderes y devotos es común, extendiéndose más allá de los aspectos rituales; las relaciones sociales entre estos actores sobrepasan el aspecto religioso y se convive intensamente en la vida cotidiana.


Las fiestas anuales en estos centros de culto son ocasiones especiales en las que la participación colectiva y la aportación de distintos recursos convergen para celebrar a la Santa Muerte. No hay un calendario ritual compartido entre las diferentes comunidades de esta fe, pero las fechas recurrentes son el 15 de agosto y el 1 y 2 de noviembre; también se acostumbra realizar fiesta el día en que se instituyó el culto local.


Como no hay reglas fijas en estas celebraciones, ni cánones que vertebren estos festejos, se pueden encontrar las tradiciones más diversas entre los devotos. Una misa, un rosario y un convivio, un baile o un festival artístico con danzas de inspiración prehispánica predominan el panorama festivo a la Santa Muerte. Como ocurre en las capas socioeconómicas menos favorecidas, estas reuniones suelen contar con la cooperación de los creyentes, quienes aportan comida y bebida para compartir con los hermanos de fe.


Los elementos asociados al culto son muchos. Veladoras de distintos tipos, colores y fragancias, inciensos, elíxires, amuletos, copal, velas con formas antropomorfas, pociones, sales, imágenes de pasta, hierbas, dijes y joyería en general suelen encontrarse en las tiendas que expenden no solo lo referente a esta religiosidad, sino que habitualmente atienden la demanda de los que hacen de los santos populares como Jesús Malverde, el Mago Merlín y Changó (en la tradición de la santería), entre muchas otras figuras religiosas.


III.


Si se deja de pensar en esta religiosidad como una práctica estigmatizada y nos interesamos en conocer para emitir una opinión informada, seguramente nuestra perspectiva sería diferente. No olvidemos que el culto a la Santa Muerte es parte del bagaje cultural mexicano, pero no es una práctica exótica o poco común. Recordemos que desde la época prehispánica varios pueblos originarios rendían culto a la muerte y a los muertos. Si lo pensamos detenidamente, esta relación con la muerte, por estar indisolublemente vinculada con la vida, se encuentra presente en casi todas las culturas, ya sea mediante la veneración de los antepasados, la conservación de cadáveres y su atención como si estuviesen vivos, las obligaciones contraídas con los ascendentes fallecidos, entre otras, son otras formas de recordar la mortalidad humana, de tratar de lidiar con el único hecho seguro en la vida, su finitud.

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