Retórica moral para contener el mal en México

Las altas tasas de #violencia en los últimos años en México (robo, homicidio, feminicidios) da cuenta de un proceso de descomposición social en el que el Estado aparece como limitado en recursos e ideas para afrontar el problema, lo que ha dado como consecuencia un alto margen de impunidad en el que los delitos no son perseguidos ni los infractores reciben sanción alguna por el crimen cometido. Esta situación ha tenido un impacto negativo en la cultura política según las últimas encuestas de valores y ciudadanía realizadas en el país (Latino barómetro, Vanderbilt, Encuesta del Instituto de Investigaciones Jurídicas- UNAM, entre otras).

Dichas encuestas revelan algunos datos importantes. Primero, la percepción de violencia provoca que los ciudadanos incrementen los niveles de desconfianza hacia los demás; segundo, un segmento de la población no dejaría pasar la oportunidad de aprovecharse de los demás, o no pagar servicios, al saber que no tendrá sanción alguna; tercero, los ciudadanos frente al clima de incertidumbre e inestabilidad estarían dispuestos a ceder libertades a cambio de seguridad y protección.

Esto ha sido aprovechado por distintas figuras políticas que bajo la retórica del miedo y la incertidumbre se yerguen como defensores de la moral y la vida futura ante un presente perverso y maligno. Los liderazgos populistas tendrían esta primera raíz según el diagnóstico que ellos revelan a los ciudadanos.


Es en este punto que violencia se asocia como una expresión del mal expandido entre nosotros. El problema deja de ser un asunto social o político para convertirse en una cuestión moral y de valores, donde lo religioso y espiritual adquiere una relevancia primigenia en la retórica pública, no sólo por parte de político y funcionarios sino de iglesias, pastores y hasta organizaciones civiles. El mal es una condición externa a nosotros, un portal negativo que el espíritu de época caracterizado por el relativismo moral, el acendrado individualismo y hasta el neoliberalismo (mercado) ha provocado las actitudes y emociones negativas, según el diagnóstico de los que buscan purificar la vida pública del país.

El problema entonces en este país ya no es una mera racionalidad política. Antes bien es una cuestión moral, valores, sentimientos y emociones que es necesario resolver. Los primeros ejercicios de purificación los realizó la iglesia católica en mayo del 2015 cuando un grupo de obispos encabezados por el entonces Cardenal Juan Sandoval Iñiguez llevó a cabo un magno exorcismo de México en la Catedral de San Luis Potosí con la finalidad de expulsar al espíritu maligno del país, y por los resultados sin mucho éxito.



Posteriormente ocuparon la escena los evangélicos encabezados por Arturo Farela y Hugo Eric Flores. El primero, líder de la coalición de iglesias evangélicas (CONFRATERNICE), aprovechó su acercamiento con el Presidente Andrés Manuel López Obrador para apoyar los programas sociales a jóvenes los cuales tendrían que tomar un curso de valores impartido por ellos para acceder al beneficio público. En palabras de Farela dicho curso permitiría fortalecer la moral y los valores frente a los jóvenes que son víctimas del relativismo de esta época. El segundo personaje fundó un partido político para volver los valores morales a la política. Sus posiciones siempre se mantuvieron en el conservadurismo como la defensa de la familia, la vida y el respeto a lo que moralmente era aceptado en la sexualidad como hombre y mujer.


El mayor impacto en el uso de la retórica moral es el que ha marcado el Presidente de la República. El problema para él es alcanzar el bienestar para ser felices y por ende esto traerá un vivir en armonía bajo los principios morales y religiosos. Para él lo mejor es promover los valores que políticas y normas coercitivas y para ello ha promovido una Constitución Moral, un catálogo de valores en los que convoca a un buen vivir y en el que equipara los valores morales como valores religiosos y por tanto valores universales. Cambia el discurso político por el discurso moral- religioso y pontifica con frases bíblicas. Apela a las emociones y sentimientos antes que a la eficacia de los acuerdos y el diálogo. Para el Presidente el mal proviene del pasado al que habrá de exorcizar, y afrontar el presente eliminando las resistencias identificadas como conservadores quienes encarnan el mal y, por ende, son emisarios del pasado a los que llega demonizar.

La retórica moral ha desplazado a la política y la racionalidad de la discusión ha dado lugar a la emocionalidad de los ciudadanos. El mal entonces se convierte en la amenaza que es necesario expulsar. Cualquiera que contradiga esto se convierte en emisario de un contra-mensaje. Lo religioso ha ocupado el lugar público. El conflicto aquí es que bajo el parámetro de la moral sólo hay dos caminos: la conversión o la exclusión.
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