Sacralidad navideña

Un tanto a destiempo de los ritmos calendáricos, escribo ahora sobre la manera como percibí la celebración navideña que acaba de pasar. ¿Cuántas veces he experimentado y observado la manera en la que los tapatíos celebramos la Navidad? Recuerdo la iluminación de las calles del centro que miraba atónita durante la infancia, el nerviosismo de terminar regalos y guisos a tiempo en la adultez, la fuerza de las tradiciones del catolicismo popular que siguen articulando las celebraciones de fin de año aún en las escuelas laicas que he observado en mi actual proyecto de investigación, el vaciamiento de las calles y la placidez vacacional (ahora sí) que se inicia el 25 de diciembre… Y sin embargo, en la reiteración anual de tantas sensaciones, percibí algo nuevo en este 2019. De hecho, no sólo fui yo: con el equipo de trabajo en el que estamos aprendiendo sobre la perspectiva de la religiosidad vivida, que pone especial atención a las prácticas y a los objetos, comentamos cómo este año nos sentíamos especialmente apabullados por la sobreabundancia de la materialidad navideña. La producción material de la Navidad, en la que hemos vivido inmersos, nos sorprendió (¡oh, las rupturas que nos producen los nuevos enfoques conceptuales!).


Lo diré así: la celebración navideña, con su música de campanas, sus olores a pino, su tímida esperanza de cara al nuevo año, e incluso con su evocación de paisajes invernales, marca una separación tajante con la cotidianidad desencantada, sucia y calurosa de esta ciudad, paradójicamente potenciada por el intenso tráfico y el humor ansioso de las compras y las fiestas de fin de año. Este carácter separado es parte constitutiva de su sacralidad, nos dirán los clásicos, no hay nada nuevo bajo el sol. Pero creo que sí lo hay: no sólo en muchas casas se busca recrear un ambiente especial y “encantado” mediante una esforzada decoración que busca invocar el estado de ánimo que los comerciales radiales y televisivos anuncian como “la magia” de la Navidad; también presencié este año cómo los centros comerciales se encuentran seriamente comprometidos con la producción de estos espacios separados mediante la construcción de nacimientos o belenes gigantescos en el lugar en donde converge la circulación de los clientes –la “plaza pública” del espacio comercial privado—en donde se presenta la escena humilde y a la vez fundacional del cristianismo en medio de un simulacro de clima desértico con el que imaginamos el Medio Oriente, al lado de árboles navideños también gigantescos y pletóricos de esferas y regalos dorados –por cierto, sin mediar ninguna transición entre la representación de los dos climas implicados, ni del contraste entre pobreza y opulencia expuestas en uno y otro de manera casi simultánea; también vi cómo se generan espacios no sólo para ver, sino para que los paseantes consumidores de esta ciudad tropical podamos adentrarnos en el paisaje invernal imposible de la navidad del norte, que impregna nuestra representación de “la verdadera Navidad”.

Se nos entrecruzan por supuesto las herencias de nuestra doble colonialidad: los belenes de tradición hispánica apropiada en los entornos populares de la mano de la evangelización por una parte; los pinos y Santa Claus, de la síntesis ocurrida en Norteamérica entre las viejas tradiciones nórdicas y la creatividad de los mercadólogos de Coca-Cola por otra. En el caso de la plaza comercial, ambas vetas de representación son puestas en convivencia para que el cliente elija la que le gusta. En otros entornos no comerciales, se desarrolla una verdadera guerra de símbolos entre ambas vertientes (pero eso es un tema en sí).

La producción de estos espacios ahora constituídos en lo que siguiendo los neologismos de Appadurai (1990) podríamos llamar “Christmas-scapes” resultan especialmente afines a la producción de experiencias y emociones enriquecidas con la expectativa de su transmisión en las redes sociodigitales. Ya llevábamos décadas viendo estos paisajes en los escaparates de temporada de los grandes almacenes, en las que en el caso de las marcas globales, se implican diseñadores y artistas de renombre. Pero hoy esos escaparates originales son verdaderas atmósferas que, aunque separadas del mundo “real”, nos ofrecen la posibilidad de entrar, como invitación a una experiencia diseñada que ya buscamos no sólo por sí misma, sino también para mirarnos y para que otros nos miren experimentándola. Constituyen el set perfecto para la producción instantánea y estratégica del sí mismo en la selfie, la publicación de nuestras vivencias íntimas de la temporada, que se convierten en ese nuevo entorno personal llamado extimidad (Miller, 2010).

En mayor o menor grado, instituciones privadas e instancias gubernamentales se encuentran implicados en la producción de estas materialidades navideñas, que logran traspasar pruritos confesionales y reglamentaciones laicas. Las pistas de hielo financiadas por los gobiernos municipales comparten en cierta medida este ímpetu cultural y comercial a la vez. No digamos los parques temáticos estacionales en donde esta año se concentró parte de la oferta cultural decembrina. La iluminación de calles que el municipio promueve en la temporada navideña y que de pequeña veía en lo alto de las avenidas principales, también bajó a nivel de piso y se convirtió en la creación de múltiples escenarios (como túneles de luz, bosques, trineos…) instalados en parques y jardines centrales de esta y otras ciudades mexicanas, atmósferas encantadas a las que se puede “entrar” y que son practicadas como espacios de emoción compartida y sets de selfies.

Y después de tantos años de vivirla, vuelvo a decir: ¡qué asombrosa es la Navidad!

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