Sacralizaciones sociales de lo religioso: el rol de las ciencias sociales

Esta columna comienza con una anécdota. Hacia fines del año pasado, en una de las universidades nacionales donde trabajo tuvo lugar una interesante controversia. Un ministerio evangélico de jóvenes visitó la universidad, charló con varios alumnos y alumnas en las aulas y luego postearon fotos de su paso por el recinto académico, agradeciendo y bendiciendo a la institución. Cuando las imágenes fueron públicas, varios docentes alzaron quejas, porque el grupo evangélico en cuestión no había pedido permiso a las autoridades para realizar su tarea y tampoco había dado a conocer con antelación cuales eran sus intenciones. Hay que destacar que dentro del colegiado docente también se escucharon argumentos disidentes, que defendían el pluralismo religioso que enmarcaba a porciones importantes del alumnado. A raíz de estos intercambios, muchos colegas se enteraban por primera vez que no pocos de los jóvenes con los que compartían la interacción pedagógica diaria profesaban “el Evangelio” y era por ello que, lejos de oponerse o sentirse incómodos con la presencia del ministerio evangélico, lo propiciaban y en cierta manera se sentían contentos que una de sus identificaciones culturales tuviera lugar es un espacio tan secularizado.

Para cerrar la anécdota, resta decir que buena parte de las tensiones entre docentes y alumnos se encontraban enmarcadas por un debate mayor, a escala nacional, correspondiente a la posibilidad de despenalizar el aborto en Argentina. Enlazando entonces lo micro y lo macro, no pocos profesores veían con preocupación la presencia en aulas y pasillos de una de las expresiones religiosas que con más decisión se expresaron y se movilizaron en el espacio público contra la extensión de derechos sexuales y reproductivos durante 2018.

Apenas me comentaron lo sucedido (la controversia tuvo lugar un sábado, un día en el que por lo general no doy clases), mi mente viajó a uno de los primeros textos que me recomendaron cuando me inicié como investigador interesado en el fenómeno religioso y sus derivas. Se trata de la tesis del investigador brasileño Emerson Giumbelli, “O fin de la religao”. En ella Giumbelli analiza comparativamente controversias religiosas en Brasil y Francia, donde justamente lo que se ponía en disputa era la definición acerca de que era religioso y que no. En un primer capítulo teórico brillante, Giumbelli narra una premisa histórica- teórica fundamental: en la modernidad lo religioso ni desaparece ni deja de ser regulado. Por el contrario, es un objeto cuyas fronteras son permanentemente “tironeadas” por actores interesados. El primero de ellos, el Estado, habitado por diferentes elencos gubernamentales que a lo largo de la historia y en diferentes sociedades, procura imponer y conservar una definición de lo religioso legitimo valiéndose de arreglos jurídicos y del poder de la fuerza pública. También intervienen, obviamente, las propias instituciones religiosas, que pugnan por posicionar sus visiones morales y nociones de trascendencia en un lugar privilegiado. Los medios de comunicación, las vedettes del siglo XX, ocupan los terceros puestos en tanto amplificadores y modulares de la circulación de las creencias. En este esquema, completan el cuadro las ciencias sociales. Con sus teorías, escritos y eventos, también participan en la producción colectiva de aquello en lo que (supuestamente) vale la pena creer.

La extrañeza y el enojo de mis colegas ante la presencia evangélica presentificaron, a mi parecer, el último punto de la tesis giumbelliana: con intenciones manifiestas o sin ellas, con datos o a pesar de ellos, también desde los ambientes académicos se participa en la sacralización social de nociones particulares de lo religioso. La construcción de las minorías religiosas como los adversarios de las minorías sexuales y del movimiento feminista, si bien parte de una preocupación legítima, en muchas ocasiones resulta solidaria de la reproducción de nociones clásicas del creer y del empobrecimiento de un pluralismo radical de nuestras sociedades. El antídoto se encuentra en la producción de análisis complejos de los problemas públicos, que permitan 1- diferenciar los posicionamientos de los líderes religiosos de las adhesiones que adoptan los individuos en las bases de las comunidades de fe; 2- adquirir sensibilidad y respeto sobre las creencias de aquellos individuos que, en determinados contextos, deciden invisibilizarlas.

Virgen de Lujan en la estación de Trenes de Constitución. Buenos Aires

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