Una marcha para el fin del macrismo.

Actualizado: ene 13

Agosto resultó un mes movilizante en términos sociales y políticos en Argentina. Las elecciones primarias arrojaron números tan sorpresivos como arrolladores para la oposición, al punto que en la atmósfera

mediática, en los mercados, pero también en la calle, gravita la sensación que la suerte está echada, y que las elecciones generales no harán otra cosa que confirmar el cambio de gobierno. Si dicha profecía se concreta, el giro neoliberal en tierras rioplatenses habrá sido corto, aunque habrá dejado también profundas y gravosas huellas en la cartografía social.

Esas marcas se hicieron sentir particularmente tras la primera tanda de comicios. Corridas bancarias, inflación, suba del dólar, pauperización general de las economías domésticas y como reacción, movilizaciones frecuentes de diferentes grupos sociales al centro neurálgico de la ciudad para reclamar medidas paliativas. Entre todas las demandas, una descolla: el pedido al Congreso Nacional que declare la Ley de Emergencia Alimentaria, una ley que busca visibilizar el hambre de una porción importante de argentinos y argentinas y la necesidad de una cobertura social urgente.

En el atardecer macrista, colmado de protestas, de funcionarios que huyen mientras otros ensayan sus primeros pasos de gobierno, resulta propicio recordar que la manifestación más regular y seguramente más numerosa contra el régimen neoliberal resultó la Marcha de San Cayetano por Tierra, Techo y Trabajo, celebrada cada siete de agosto, desde 2015 hasta 2019.

San Cayetano es un santo muy popular en la Argentina. Su devoción es oriunda de Italia y fueron los migrantes de este país los que lo trajeron a Buenos Aires, a un barrio obrero, periférico como es el barrio de Liniers. Se le adjudican intercesiones milagrosas en la búsqueda de oportunidades laborales y es por eso que en su festividad miles y miles de peregrinos se acercan a su santuario para pedir o para agradecer la obtención de empleo.

La primera politización de su figura tuvo lugar a principios de los ochenta en el siglo pasado, cuando un dirigente sindicalista peronista, Saul Ubaldini, organizó una movilización desde el santuario con el lema Paz, Pan y Trabajo. Se trató de una marcha célebre, porque significó la reactivación de una sociedad civil enmudecida por el aparato represivo de la dictadura. El éxito de la marcha fue uno de los síntomas de la primavera democrática que se avecinaba.

Tres décadas más tarde, los movimientos sociales que acompañaron en gran medida el proceso kirchnerista advirtieron en el macrismo un enemigo de fuste, un gobierno capaz de desmantelar todo el aparato de asistencia social y de generar un clima de estigmatización de la pobreza, acusando a los beneficiarios de los planes de sociales de agentes improductivos. Como analizamos en su momento con Verónica Giménez Béliveau (2015, 2016) los líderes y los militantes de estos grupos sociales tomaron al Papa Francisco y su prédica como un referente, como una guía en medio del desconcierto. En la elección de Francisco como emblema de la acción colectiva gravitaron dos elementos. Por un lado, el pasado católico de no pocos dirigentes de estos movimientos, una pertenencia que los llevó a buscar rápidamente una referencia religiosa para su hacer, reproduciendo un gesto cuasi reflejo de buena parte de la dirigencia argentina. Por el otro, el propio discurso papal, que en un contexto de derechización y fragmentación mundial, resulta uno de los pocos que nombra males globales como la desprotección a la inmigración, y la contaminación global e intenta rescatar la figura de los grupos alternativos.

Como parte de la investigación que hace cuatro años protagonizamos con Verónica Giménez Béliveau sobre militancias católico- peronistas contemporáneas, realicé observaciones participantes en las cuatro ediciones de la marcha. Caminé sus trece kilómetros y merced a los contactos ya construidos con uno de los grupos organizadores, pude analizar de cerca las interacciones, sentidos y acciones conjugadas por sus protagonistas.

Como evento polisémico, ofrece múltiples aristas para el examen: desde el uso y la importancia del cuerpo en este tipo de prácticas hasta la agencia de objetos, pasando por preguntas más clásicas como la apropiación del espacio público efectuada. Sería imposible condensar en una columna todo el material de análisis. Solo quiero rescatar aquí dos atributos que pude detectar en la Marcha de San Cayetano en clave política. El primero tiene que ver con la configuración de la Marcha como un ritual comunicativo. Marchar desde el extremo oeste al centro histórico durante más de cuatro horas es proponer un dialogo con la ciudad y sus habitantes; es poner en escena un mensaje que en este caso es una denuncia (en Argentina hay hambre y hay que resolverlo, ese hambre tiene protagonistas sufridos y responsables fragantes). Impacta observar los aplausos y los insultos que los marchantes / peregrinos cosechan a lo largo de sus pasos, depende del barrio, como así también los lazos de solidaridad y de enemistad que tejen con terceros, como los automovilistas y el transporte público, que se quejan del cierre del tránsito, y con comercios y restaurantes que cierran sus persianas por temor al vandalismo. Los términos de la conversación entre la Ciudad y la Marcha resultan un objeto interesantísimo, termómetro de los humores y sensibilidades de época.

El segundo atributo sobre el que quiero reflexionar resulta la gravitación del catolicismo en la politicidad popular. Salvo en su primera edición, donde contó con una bendición fugaz por parte de un obispo auxiliar, en todas las ocasiones la religiosidad del evento la construyeron los participantes de manera autónoma. La ausencia notoria de especialistas religiosos se explica por su renuencia a participar de un evento con claros tintes opositores y políticos; una decisión que a su tiempo exhibe las complejidades organizacionales del catolicismo romano contemporáneo: una marcha que cuenta con el apoyo del Papa (de hecho su figura circula siempre en estandartes y banderas, y es mencionado en todos los discursos) pero que es rechazada por otros jerarcas, en teoría subordinados a él.

Son entonces los peregrinos –manifestantes los que empuñan sobre sus hombros imágenes de la virgen de Lujan, los que confunden adrede las espigas de San Cayetano con otras deidades populares como la cantante Gilda o el rostro de una militante víctima de un femicidio. Además del sincretismo popular, los marcadores religiosos presentes en un evento tan beligerante como el que intento describir ponen en escena la vitalidad del catolicismo como lenguaje político. Pese a sus retrocesos demográficos, a sus laberintos dogmáticos y a sus fracturas expuestas por causas dolosas, el catolicismo decodificado y apropiado popularmente continua siendo en Argentina un acervo de símbolos eficaz a la hora de articular fuerzas, dar sentido a eventos colectivos y enunciar que ciertos derechos son sagrados e intangibles, aun en tiempos de incertidumbre neoliberal.

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